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8 de diciembre de 2014

Vamos a contarnos las hojas, por favor.

Al fin y al cabo solo le he hecho el amor a tipos demasiado estirados, demasiado vacíos y demasiado ebrios. 

No conozco a gente más triste que ellos. Y sin embargo, consiguen hacerme sentir, todo el tiempo, radiantemente feliz. Tiemblo por ellos más de lo que se merecen, y ni siquiera puedo hacer nada. 
Oigo noche tras noche, cómo me bailan en la cama todas esas risas que no me describen a mí para nada. Me chirrían los oídos de todo lo que me hablan. 

Me desvisten los besos y las ganas de volverme a encontrar. A veces pienso que mañana se me pasará. Se me pasarán todas las tardes de otoño que no olieron a mandarinas. Pero nunca ocurre. Nunca ocurre nada de eso. Solo me siento y espero a que alguien traiga libros nuevos y café recién hecho. 

Hace tanto tiempo que no hago el amor frente a la ventana. Mientras llueve. ¡Cómo me gusta la lluvia! Ojalá pudiéramos deshojarnos en mi balcón, te lo juro, no te arrepentirías. Y luego podríamos besarnos. Podríamos besarnos la frente, y la nariz. Podríamos besarnos las historias, las ganas y el tiempo. El tiempo que nos falta por pasar. 

Aunque siempre cabe esperar que nos encontremos en algún bar, y tú estés demasiado borracho y yo demasiado sola, y que mientras nos miramos, nos deshojemos las penas en el baño.


24 de noviembre de 2014

Esperándonos.

No nos hemos mirado todavía,
no nos hemos tocado los puntos de inflexión,
no te has columpiado por mi ombligo,
ni has navegado por mis ríos.

No nos hemos mordido las ganas,
no nos hemos deshecho de las sábanas,
no nos hemos tomado las suficientes copas,
ni hemos bailado sin ropa.

No nos hemos reído,
ni nos hemos llorado.

No sé si sabes que te escribo,
y que te leo los días.

No sé si sabes que en invierno se echa de menos,
a quien no se conoce,
y a quien se quiere conocer.

A lo mejor solo estamos esperando.
Esperándonos. 

8 de noviembre de 2014

Sobre distopías, cartas de amor y textos por encargo.

No sé si lo que me atormentan son las noches de lluvia o que tú ya no estás.

He vuelto a escribir, sin que nadie lo sepa, después de estos malos años que todavía nos acompañan. No recordaba si sabría hacerlo de nuevo. Después de que esos terribles soldados armados hasta los dientes tomaran el poder por la fuerza decidí dedicarme a otras cosas. Te preguntarás a qué, si solo soy escritor.
Al principio no fue fácil. Empecé a ocultar todos mis libros, todos mis borradores, todas mis malas decisiones, y las buenas, por si algún día venían y arrasaban con todo. Lo único que conservé fue mi agenda y mi diario, que bien podrían haber sido la misma cosa. Había días tan oscuros, que solo podía echarme a llorar mientras veía como la tinta se corría.
El día que vinieron a buscarte supe que no nos volveríamos a ver. Leí una docena de veces todas tus notas. A veces, cuando sentía que ya nada tenía sentido aparecías tú. Y volvía a ponerme cada mañana ese horrible uniforme de fontanero.
Nadie se lo creía. No había visto una tubería en mi vida. Mi amigo Jack se convirtió en electricista de la noche a la mañana, él, que no sabía ni pelar un cable. Creímos que era lo mejor para mantener lejos al régimen. ¿Qué le importaríamos dos simples obreros de clase baja a los grandes dirigentes? Nada. Cada uno de nosotros formaba parte de esa masa que venían planeando crear ya desde hace bastante tiempo.
Todas las tardes nos reuníamos en el bar, y fumábamos. ¡Cómo me gustaba fumar! Recuerdo cuando impusieron aquella norma de que solo podríamos fumar dos  cigarrillos diarios. Esa vez sí que me tuvieron en el punto de mira. Leí la noticia en el periódico, hace ya diez años, esbocé una gran sonrisa y me encendí un pitillo. La libertad se acabaría el día que decidieran por mí qué debía respirar.
Aún no te he contado mis grandes hazañas durante todos estos años, cómo he estado a punto de morir por mi ideología a manos de cualquier guardianucho incapaz de sublevarse contra esta tortura. Quizás esté más muerto de lo que realmente pienso. Me gustaría saber si todavía te sientes orgullosa de mí.
Créeme, de verdad. Desde que te fuiste no hay ni una sola novela que no te relate, ni una sola canción que no te describa, ni una sola película donde no te encuentre… Llevo cuarenta años soportando este calvario, cualquier día llamarán a la puerta para llevarme con ellos. Y entonces nos volveremos a encontrar. El día que descubran todos mis tratados, todos mis libros, todos mis diarios, todos mis cuentos, el día que me descubran volveré contigo.
Cuando me enteré de qué te habías ido para siempre fui incapaz de comer y dormir durante semanas. No me di cuenta hasta que vi tus zapatos de ante en casa. Nunca te los quitabas. Esos viajes tan largos hasta el centro de la ciudad solo te los hacías con ellos. Juro que si pudiera volverte a hacer el amor dejaría que los llevaras puestos.
Hace unas semanas me torturaron esos viejos pensamientos de nuevo. Si te hubiera hecho caso, si no te hubiera dejado sola ese día. Cada vez que paso por la biblioteca municipal me acuerdo de la cantidad de libros que llevabas en la mano para devolver. Todavía no sé quién fue ese desalmado que se le ocurrió cazarte y llevarte a rastras simplemente por llevar entre tus manos “La ideología alemana”. Cuando me enfado mucho y lloro, lloro como si fuera un crio, maldigo a Marx como si fuera el mismísimo Stalin. ¿Cómo iba a saberlo yo? Que no regresarías, y todo por un libro.
Si te llevara ahora por aquel lugar te horrorizarías. Han quemado tantos libros. Ya solo quedan cuentos de Esopo para los niños más afortunados y una cantidad engorrosa de ladrillos infumables sobre el régimen.
No quise estar presente el día de la quema de libros. Me parecía un sacrilegio. Pero mi amigo Jack me contó que quemaron una docena de mis volúmenes. Uno detrás de otro y catalogándome como literatura prohibida. Si algo tuve claro ese día es que soy un buen escritor.
No sé si te estarás preguntando qué hago escribiéndote todo esto. Estoy seguro de que ya lo has hecho muchas veces. Quería que supieras que después de cuarenta años de condena y de estar casi sumido en mi vejez, ha terminado. El régimen ha caído. Ya solo quedan un par de soldados intentando huir de esta luz esperanzadora que nos ha inundado a todos.
Hoy hace veinticinco años que no he vuelto a saber de ti. Y si algo quería que supieras es que ni un Estado del terror hará que este viejo pierda la memoria. Si algo tenemos los escritores es que entre tanta barbarie siempre encontramos algo que nos hace continuar. Aunque llevemos un uniforme de fontanero estúpido. Lo que me ha hecho continuar has sido tú. Después de todo, nunca he dejado de buscarte. Ni de creer en ti.
Estoy seguro que si pudiera verte ahora mismo estarías rabiando de alegría. Somos libres. Al final han venido y nos han salvado. Lo hemos conseguido. Hemos sobrevivido. Gracias por no marcharte nunca Amelié.

PD: Llevan aporreando la puerta desde que he empezado esta carta. No sé si vendrán a liberarme o a llevarme contigo de una vez por todas. Pero por favor, promete que si nos volvemos a encontrar habrás leído mi carta. Eres el amor de mi vida. El amor de un anciano decrépito a punto de morir. Te echaré mucho de menos. 

8 de octubre de 2014

Tóxica y mortal.

No sé que estás buscando si ya te lo has llevado todo. 
Has arrasado con la paz que quedaba en este lugar. Y la guerra. 
No queda nada de ti. Ni de mí.
Ya no existen las luces de neón. Ni siquiera sobrevivieron a tu catástrofe. 
Ojalá me hubieras roto más. Ojalá no me quedaran ganas de volverlo a intentar. 
Pero llevo demasiadas noches esperándote. 
Y sé que no vas a regresar. Que no te quedarás. 
Aunque te lo pida. Aunque te lo suplique como nunca. 
Y sé que no vamos a volver a perdonarnos. 
Pero ojalá vinieras. Y nos tocáramos. Como lo hacíamos antes. 
Hacerlo tantas veces como para no volver a querernos nunca. 


3 de septiembre de 2014

Al desamor de mi vida.

¿Te acuerdas cuando ya no podíamos ni vernos? Pensé que me moría si tú te habías dado cuenta también. 

Debí haberlo pensando como mil veces, una por cada vez que te miraba a los ojos y no sentía nada. Una por cada vez que te besaba y conservaba el aliento. 
Pude hacerlo tantas veces, de tantas formas, con tantas palabras... y me quedé en silencio. 

Estuve a punto de gritártelo a la cara. Mil y una veces. Y nunca me atreví. Si me hubieras conocido, al final lo hubieras sabido tú. Me tenía que ir. Sin el amor. Sin las ganas. Sin ti. 

Ya ninguno de los dos queríamos compartir la almohada ni las mantas, que nunca abrigaron a los corazones helados. Estuve a punto de dejarte una carta. Pero nunca supe que decirte. 

Al (no) amor de mi vida, 
por no seguir, 
por no ayudarme a continuar, 
por llorarme los días. 

Me hubiera roto en más trocitos aún si cabe. 
No quería ser yo quién te dijera que ya no podía huir más estando tan cerca. 

Y todavía, a veces, echo de menos como (no) me querías. 

No soy poeta, 
pero te he mentido tantas veces en el papel, 
que aún no entiendo como me crees bajo las sábanas.

Ya te había dicho que no quería escribirte una carta. Nunca he sido de escribir cartas al desamor de mi vida.

Pero quizás. 
Por si algún día apareces. 
En algún lugar...

...donde ya nos hayamos querido antes.

20 de junio de 2014

Etílicamente muerto.

Hoy ya he perdido la cuenta de las copas que llevo encima. 

Me he levantado oliendo a ginebra barata y lo primero que he hecho después de salir corriendo a vomitar al baño, ha sido servirme otro trago. Ya no sé si lo que me embriaga es el alcohol o sus medias en mi cajón. Se ha olvidado mi vida en el altillo. Ha salido corriendo por las escaleras arrasando todo a su paso. Odio acabar todos los días en el mismo tugurio, rodeado de historias que ni se le asemejan, suplicando el carmín de alguna chica de la barra para olvidar tu boca. Ya ni siquiera recuerdo como besabas. Soy incapaz de darme cuenta cuando comienzo a escribirte, pero sé que cada vez que lo hago pierdo. 
Tengo miedo de volver a rendirme ante esa falda demasiado corta y ese pelo demasiado alborotado. No merezco morir esperando tu llamada. He perdido mi teléfono hace semanas, tras unas copas de más y unos cabales de menos. Lo siento, no debería hacer esto, pero ya es demasiado tarde. Estoy pintando los colores de tu sombra en mi almohada, a ver si de una vez puedo dormir tranquilo. Aunque no sea en tu boca. Aunque ya no quieras volver.

6 de marzo de 2014

Ha perdido todo el sentido en algún momento. Y quizás, a riesgo de ser como yo, lo ha recobrado al final.

Él sabía a natillas de vainilla y olía a césped recién cortado. Decidme si no era una maravilla. 

No he vuelto a ver luces de neón rojas en medio de autopistas demasiado solitarias. Y ni las echo de menos. Estaba esperando a que unas manos suficientemente bizarras me agarraran tan fuerte como para sacarme del poso de su café de los martes. Y de los miércoles. 

Primavera con una esquina rota pasó de ser un sentimiento a convertirse solo en un libro. 

Me gustaban las rosas, pero no dejaría de enamorarme de sus margaritas. Y de sus ojos. Debería estar prohibido no hablar de ellos y del mar en la misma frase. Naufragaría sin necesidad de que nadie me lo pidiera. Ya lo hago. 

He vuelto a tener ganas de escribir poesía y eso que mis versos, y mis besos, solo lo recorrerían a él. 

Y todo esto porque ha acabado definitivamente con el número diez. Ha desaparecido de mis carreteras y del lado derecho de la tabla periódica.

7 de febrero de 2014

Café.

Estás tan triste mirando los posos del café de hace dos días que no te das cuenta las veces que toca el fondo del vaso a tu puerta. Deberías saber que nunca he comprendido en que se mide el amor. Pero ojalá se midiera con tu sonrisa.

coffee and cigarettes

22 de enero de 2014

La mezcla de wolframio y amor me hace débil.

Y ojalá nos besáramos en medio de Gran Vía. 
Sería como si los barbitúricos que guardo en el pastillero de tu bolsillo desaparecieran por unos instantes.
Y solo tú, yo y Madrid, sin tener Madrid nada que ver en esto, estuviéramos en escena.
Deja que te diga, que querría que fueras mi primer chico de capital, aunque ni siquiera conociéramos los escondrijos de la ciudad.
Pero los encontraríamos. Sé que lo haríamos. Y si no en Madrid, en cualquier otro lugar, donde la noche estuviera iluminada por demasiadas luces incandescentes. La mezcla de wolframio y amor me hace débil. 
Y dime que no me querrías debajo del muérdago de cualquier tienducha pueblerina. Que no nos besaríamos. 
Al final tendrías que enseñarme como no debería mirarte después de pasar por Gran Vía contigo.

Y devolverme el pastillero.

28 de diciembre de 2013

No nos vamos a besar esta noche. Y cómo me gustaría hacerlo.

Dime que nadie te besa mejor que yo con palabras,
que nadie te desnuda escribiéndote,
que nadie lo hace como yo.

Dime que mis versos son tus favoritos,
que nadie te ha recitado poesía al oído,
que nadie lo haría como yo.

Dime que prefieres mi prosa por encima de cualquier otra,
- y no solo mi prosa.

Dime que puedo seguir enredándome en tu pelo,
y colándome entre tus sábanas,
tan solo dedicándote unas líneas.

Dime que da igual cuántas te deletreen en sus cuadernos,
que prefieres mi mala caligrafía y mi excelente ortografía.

Dime que serías mi crucigrama de los domingos,
y mi sopa de letras de los martes,
y que te podría comer también.

Dime a cuántos medios besos estamos de volvernos a encontrar,
de volvernos a tocar.

Dime cuánta tinta falta para que se acaben las medias.

Enséñame todos los caminos que llevan a tus manos,
que los de Roma ya están muy vistos.

Cuéntame otra vez como llegamos a colisionar,
como si fuéramos estrellas,
como si fuéramos eternos.

Regálame una canción,
un acorde de guitarra,
un beso de despedida,
- pero de los que no dicen adiós sino 'hasta pronto'.

Dime cuánto falta para estar de nuevo atrapados uno dentro del otro.
Dime cuántas veces más me vas a mirar antes de ponerme entre tu espalda y la pared.
Dime cuántos finales alternativos hay para salir airosos de todo esto.
O dime si hay solo uno, y saldremos juntos.

Dime si me echas de menos cuando no estoy,
si me echas de menos cuando no te escribo.
Si me vas a echar de menos cuando acabe esta frase.

Dime si alguna vez me has leído,
si te gusta como lo hago.

Dime cuántas líneas más quieres que duremos,
o si quieres que te escriba siempre.

(No nos vamos a besar esta noche. 
Y cómo me gustaría hacerlo.
Desearte buenas noches y que todo se apague.)

Dime dónde va el punto y final o si esto acaba en suspensivos.

23 de diciembre de 2013

Cuentos chinos para niños del Japón, o eso oí decir una vez.

Habría roto las ventanas por él. 
Y hubiera recogido cada uno de los pedazos y los hubiera vuelto a unir, como si de un puzzle se tratara. 

Pregúntale si él lo hubiera hecho. 
Si (él) hubiera herido sus manos por mí, si se hubiera cortado para que yo no lo hiciera. 

Permíteme dudarlo. 
He oído más historias de caballeros y princesas de las que nadie ha escuchado jamás, y su nombre no salía en ninguna. 

Ojalá lo haga. Ojalá corrobore sus palabras.
Me mantendría callada, de verdad que lo haría, si viniera al galope de un corcel demasiado patoso. 

Pero sé que no lo haría. 

9 de diciembre de 2013

Echaba de menos el aura que entraba por mi ventana. Por si era él.

Se apagaron las luces. 
Me hice pequeña. 
Solo quedaba una vela en medio de la alcoba. 
Él fue la brisa que la apagó.
Y ahora duermo a oscuras. 
El viento era mi entropía. 

Y me encantaba. Él lo hacía. 

24 de noviembre de 2013

Pero hueles a hogar.

Se calló en el umbral de mi falda y eso que ni siquiera llevaba una puesta. 
Se derramó debajo de las sábanas mientras yo sonreía sin articular palabra. 
¿A cuántas habrás matado de la misma forma? 
No sé como se cuentan las horas sin reloj, pero sí como se cuentan nudos en la garganta con las yemas de tus dedos. 


3 de noviembre de 2013

¿Decidir? ¿El qué?

Le preguntaría una vez más por todas aquellas veces que hablamos sin decir nada, por todas esas tardes perdidas en sollozos de las faldas de una quinceañera enamorada. Luego se apagaría por completo, bajaría las luces del plató y meditaría cual sería su siguiente frase. Nunca ha sido demasiado buena tomando decisiones, pero una vez oyó decir a alguien que si no eliges todo sigue igual, nada va a cambiar, aunque el tiempo pase y ni siquiera éste considere la opción de esperarte. 

Yo la oía desde el otro lado del salón, meditando acerca de la historia de siempre. No sabría decir, ni aún mirándola a los ojos, qué es lo que estaba pensando. Solo sabía una cosa con certeza, abandonar para ella nunca era una opción. 

1 de noviembre de 2013

Deberías haber cesado mis gritos, o haberlos hecho interminables.

Deberías haber pasado por mí tantas veces como yo lo he hecho por ti. Deberías haber recogido las hojas de un otoño perenne, para demostrarme que nada es imposible. Deberías haberte perdido en mi falda, tantas veces como yo me perdí en tus bolsillos. Deberías haberme regalado todas las estaciones del año una vez más. Deberías haber tomado el primer vuelo y no el último. Deberías haberme recorrido desde los pies a la cabeza, y no al revés. Deberías haberte quedado pegado bajo las sábanas de los “hasta luego” y no parar de sentirme. Deberías haber impuesto mano dura en mis dudas, y en las tuyas. Deberías haberte llevado todos mis miedos con solo dos palabras. Pero sobretodo, deberías haberte desnudado del todo para mí, porque yo sigo desnuda para ti. Encontrándome con las esquinas de tu alma cada vez que tropiezo, y rompiendo los muros inquebrantables de al lado de tu pecho.

Deberías acabar de desnudarte, y hacerlo solo para mí.

27 de octubre de 2013

Desplegarla, y declararla mi nación.

Siempre he confiado en ese lugar que está suficientemente cerca de tu pecho como para sentirme segura.
No he podido romper completamente el inquebrantable parapeto que has formado, pero sin embargo, he conseguido atravesarlo y quedarme observando desde la retaguardia. Parece un lugar seguro, no hay tropas ni artillería pesada, solo una forastera, servidora, que se pasea por ahí tan campante tras una guerra de arduas batallas por cruzar la frontera y clavar su bandera.

30 de julio de 2013

Piso 23.

Cerrará las ventanas para no oírme gritar, pero sus intentos serán en vano. Se desgarrará por dentro, llorará tanto como yo lo hice, y lo peor es que ni siquiera lo podrá evitar. Arrojará cada uno de nuestros recuerdos a la basura tratando de soportar el dolor que le ocasionan esas fotos, y yo estaré esperando a que se dé cuenta de que se está equivocando. Gritaré por la ventana, tan alto como mis cuerdas vocales me lo permitan. Vamos a ser felices de una vez por todas, vamos a intentarlo una vez más. Ya no hay nada que perder, los marcadores están a cero, y tú y yo completamente rotos. Empecemos por remendar cada corazón que una vez partimos. Todo va a sonar a risas en cuanto decidas salir y abrazarme, porque sé que lo harás, mientras miras arder la papelera tú también te quemas por dentro. Tienes cara de estar sufriendo, y ni siquiera puedo verte, pero lo siento, tanto como si estuvieras cogido de mi mano. Has acariciado tantas veces mi pelo que es como si siempre estuvieras aquí, como si nunca te hubieras ido, como si no estuvieras en esa vieja habitación del piso 23. Estaremos vivos, más vivos que nunca siempre que se incendie todo lo malo y dejemos paso a lo bueno. Más vivos que las llamas de los atardeceres de verano y que la nieve en pleno invierno. Tan vivos como sabemos hacerlo nosotros. Ardiendo entre las sábanas del adiós que nunca llegó, y en las que siempre había sitio para los dos. Volarás en esta noche reversible hasta mi cama, abrirás la ventana y te dejarás querer de una vez por todas. 

Oigo tus pasos por las roídas escaleras de madera bajando a toda prisa, y ahora solo sé que estás llegando, que el pomo de la puerta está girando y que eres tú el que está corriendo para abalanzarse sobre mí. Por fin. Esta vez será la buena, te lo prometo.

3 de julio de 2013

Noches reversibles.

Lo mejor de todo eran las noches. Todas las luces de neón de la ciudad se encendían al compás de nuestra canción. Yo no paraba de sonreír cada vez que te miraba, a veces creía incluso que las nubes se ponían a tus pies para que las estrellas pudieran observarte mejor, y tú dejabas de estar distante.

Todo se incendiaba a nuestro paso, incluso las calles por las que nunca cruzábamos. Dejábamos que los arcoíris nocturnos se volvieran nuestra perfecta compañía y hacíamos que cualquier lugar fuera nuestro. Las inquebrantables llamas ardían más que nunca, más que tú y que yo.

Siempre acabábamos por vencer a los monstruos que solo entendían de razón. Caíamos en picado uno sobre el otro repitiendo lo mismo una y otra vez creando el ciclo perfecto. Un ciclo sin fin. Lo único que deseaba es que no cesará ni por un instante. Pero las noches terminan y los días solo eran buenos si estaba a tu lado.