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8 de diciembre de 2014

Vamos a contarnos las hojas, por favor.

Al fin y al cabo solo le he hecho el amor a tipos demasiado estirados, demasiado vacíos y demasiado ebrios. 

No conozco a gente más triste que ellos. Y sin embargo, consiguen hacerme sentir, todo el tiempo, radiantemente feliz. Tiemblo por ellos más de lo que se merecen, y ni siquiera puedo hacer nada. 
Oigo noche tras noche, cómo me bailan en la cama todas esas risas que no me describen a mí para nada. Me chirrían los oídos de todo lo que me hablan. 

Me desvisten los besos y las ganas de volverme a encontrar. A veces pienso que mañana se me pasará. Se me pasarán todas las tardes de otoño que no olieron a mandarinas. Pero nunca ocurre. Nunca ocurre nada de eso. Solo me siento y espero a que alguien traiga libros nuevos y café recién hecho. 

Hace tanto tiempo que no hago el amor frente a la ventana. Mientras llueve. ¡Cómo me gusta la lluvia! Ojalá pudiéramos deshojarnos en mi balcón, te lo juro, no te arrepentirías. Y luego podríamos besarnos. Podríamos besarnos la frente, y la nariz. Podríamos besarnos las historias, las ganas y el tiempo. El tiempo que nos falta por pasar. 

Aunque siempre cabe esperar que nos encontremos en algún bar, y tú estés demasiado borracho y yo demasiado sola, y que mientras nos miramos, nos deshojemos las penas en el baño.


8 de octubre de 2014

Tóxica y mortal.

No sé que estás buscando si ya te lo has llevado todo. 
Has arrasado con la paz que quedaba en este lugar. Y la guerra. 
No queda nada de ti. Ni de mí.
Ya no existen las luces de neón. Ni siquiera sobrevivieron a tu catástrofe. 
Ojalá me hubieras roto más. Ojalá no me quedaran ganas de volverlo a intentar. 
Pero llevo demasiadas noches esperándote. 
Y sé que no vas a regresar. Que no te quedarás. 
Aunque te lo pida. Aunque te lo suplique como nunca. 
Y sé que no vamos a volver a perdonarnos. 
Pero ojalá vinieras. Y nos tocáramos. Como lo hacíamos antes. 
Hacerlo tantas veces como para no volver a querernos nunca. 


3 de septiembre de 2014

Al desamor de mi vida.

¿Te acuerdas cuando ya no podíamos ni vernos? Pensé que me moría si tú te habías dado cuenta también. 

Debí haberlo pensando como mil veces, una por cada vez que te miraba a los ojos y no sentía nada. Una por cada vez que te besaba y conservaba el aliento. 
Pude hacerlo tantas veces, de tantas formas, con tantas palabras... y me quedé en silencio. 

Estuve a punto de gritártelo a la cara. Mil y una veces. Y nunca me atreví. Si me hubieras conocido, al final lo hubieras sabido tú. Me tenía que ir. Sin el amor. Sin las ganas. Sin ti. 

Ya ninguno de los dos queríamos compartir la almohada ni las mantas, que nunca abrigaron a los corazones helados. Estuve a punto de dejarte una carta. Pero nunca supe que decirte. 

Al (no) amor de mi vida, 
por no seguir, 
por no ayudarme a continuar, 
por llorarme los días. 

Me hubiera roto en más trocitos aún si cabe. 
No quería ser yo quién te dijera que ya no podía huir más estando tan cerca. 

Y todavía, a veces, echo de menos como (no) me querías. 

No soy poeta, 
pero te he mentido tantas veces en el papel, 
que aún no entiendo como me crees bajo las sábanas.

Ya te había dicho que no quería escribirte una carta. Nunca he sido de escribir cartas al desamor de mi vida.

Pero quizás. 
Por si algún día apareces. 
En algún lugar...

...donde ya nos hayamos querido antes.

11 de julio de 2014

Día 107.

No sé si me estás echando de menos, pero ojalá lo estuvieras haciendo.

Los días pasan tan rápido que ya ni siquiera recuerdo tu nombre. Ni como gemías en mi almohada. 
Las noches ya no huelen a rosas rojas y tu boca ya no sabe a mi carmín rosa, sino a Bourbon barato.
Podría distinguir esa silueta en cualquier lugar y tú ni siquiera sabrías que te estoy mirando.
Te he visto sonreír demasiadas veces después de irte, pero podría arriesgarme a decir, que tu mirada me echa tanto de menos que eres incapaz de verme sin hundirte en la más absoluta tristeza. 

Lo siento, 
no sé cuando tengo que parar de escribir.


Deberías saber que por encima de todo y solo por debajo del amor está tu nombre. Y no sé si eso es bueno o malo. 

21 de junio de 2014

Día 97.

Llevo tres meses, seis días y cuatro horas sin saber de ella. 

He estado mil veces apunto de rendirme. Ciento cincuenta copas después, puedo decir que soy incapaz de olvidarla. Hoy he soñado con ella. He soñado que me destrozaba la vida y que se quedaba contemplando desde un banco cómo me hundía en mis propias lágrimas. Inmutable. Impasible. Inhumana. 
No quiero que sepa que he vuelto a fumar. Me tiembla el pulso cada vez que enciendo un cigarrillo y se consumen las esperanzas de recuperarla. Nunca me habían querido tan mal. Aunque quizás yo no supe quererla demasiado bien. 
He leído hoy en la prensa local que lloverá mañana. Para mí, desde que se fue, nunca ha dejado de llover.

Llevo tres meses, siete días y trece minutos sin saber de ella. Pero nunca he dejado de recordarla. 


20 de junio de 2014

Etílicamente muerto.

Hoy ya he perdido la cuenta de las copas que llevo encima. 

Me he levantado oliendo a ginebra barata y lo primero que he hecho después de salir corriendo a vomitar al baño, ha sido servirme otro trago. Ya no sé si lo que me embriaga es el alcohol o sus medias en mi cajón. Se ha olvidado mi vida en el altillo. Ha salido corriendo por las escaleras arrasando todo a su paso. Odio acabar todos los días en el mismo tugurio, rodeado de historias que ni se le asemejan, suplicando el carmín de alguna chica de la barra para olvidar tu boca. Ya ni siquiera recuerdo como besabas. Soy incapaz de darme cuenta cuando comienzo a escribirte, pero sé que cada vez que lo hago pierdo. 
Tengo miedo de volver a rendirme ante esa falda demasiado corta y ese pelo demasiado alborotado. No merezco morir esperando tu llamada. He perdido mi teléfono hace semanas, tras unas copas de más y unos cabales de menos. Lo siento, no debería hacer esto, pero ya es demasiado tarde. Estoy pintando los colores de tu sombra en mi almohada, a ver si de una vez puedo dormir tranquilo. Aunque no sea en tu boca. Aunque ya no quieras volver.

7 de febrero de 2014

Café.

Estás tan triste mirando los posos del café de hace dos días que no te das cuenta las veces que toca el fondo del vaso a tu puerta. Deberías saber que nunca he comprendido en que se mide el amor. Pero ojalá se midiera con tu sonrisa.

coffee and cigarettes

22 de enero de 2014

La mezcla de wolframio y amor me hace débil.

Y ojalá nos besáramos en medio de Gran Vía. 
Sería como si los barbitúricos que guardo en el pastillero de tu bolsillo desaparecieran por unos instantes.
Y solo tú, yo y Madrid, sin tener Madrid nada que ver en esto, estuviéramos en escena.
Deja que te diga, que querría que fueras mi primer chico de capital, aunque ni siquiera conociéramos los escondrijos de la ciudad.
Pero los encontraríamos. Sé que lo haríamos. Y si no en Madrid, en cualquier otro lugar, donde la noche estuviera iluminada por demasiadas luces incandescentes. La mezcla de wolframio y amor me hace débil. 
Y dime que no me querrías debajo del muérdago de cualquier tienducha pueblerina. Que no nos besaríamos. 
Al final tendrías que enseñarme como no debería mirarte después de pasar por Gran Vía contigo.

Y devolverme el pastillero.

23 de diciembre de 2013

Cuentos chinos para niños del Japón, o eso oí decir una vez.

Habría roto las ventanas por él. 
Y hubiera recogido cada uno de los pedazos y los hubiera vuelto a unir, como si de un puzzle se tratara. 

Pregúntale si él lo hubiera hecho. 
Si (él) hubiera herido sus manos por mí, si se hubiera cortado para que yo no lo hiciera. 

Permíteme dudarlo. 
He oído más historias de caballeros y princesas de las que nadie ha escuchado jamás, y su nombre no salía en ninguna. 

Ojalá lo haga. Ojalá corrobore sus palabras.
Me mantendría callada, de verdad que lo haría, si viniera al galope de un corcel demasiado patoso. 

Pero sé que no lo haría. 

9 de diciembre de 2013

Echaba de menos el aura que entraba por mi ventana. Por si era él.

Se apagaron las luces. 
Me hice pequeña. 
Solo quedaba una vela en medio de la alcoba. 
Él fue la brisa que la apagó.
Y ahora duermo a oscuras. 
El viento era mi entropía. 

Y me encantaba. Él lo hacía. 

1 de noviembre de 2013

Deberías haber cesado mis gritos, o haberlos hecho interminables.

Deberías haber pasado por mí tantas veces como yo lo he hecho por ti. Deberías haber recogido las hojas de un otoño perenne, para demostrarme que nada es imposible. Deberías haberte perdido en mi falda, tantas veces como yo me perdí en tus bolsillos. Deberías haberme regalado todas las estaciones del año una vez más. Deberías haber tomado el primer vuelo y no el último. Deberías haberme recorrido desde los pies a la cabeza, y no al revés. Deberías haberte quedado pegado bajo las sábanas de los “hasta luego” y no parar de sentirme. Deberías haber impuesto mano dura en mis dudas, y en las tuyas. Deberías haberte llevado todos mis miedos con solo dos palabras. Pero sobretodo, deberías haberte desnudado del todo para mí, porque yo sigo desnuda para ti. Encontrándome con las esquinas de tu alma cada vez que tropiezo, y rompiendo los muros inquebrantables de al lado de tu pecho.

Deberías acabar de desnudarte, y hacerlo solo para mí.

3 de octubre de 2013

Me llaman Octubre.

Si todo se vuelve gris es por culpa de que Octubre nunca fue un mes bonito. 
Si dejan de haber rosas es porque Octubre no deja crecer las flores sino las deshoja.
Si las noches son demasiado largas es porque Octubre ha parado el tiempo.
Si los vasos han dejado de estar medio llenos es porque Octubre se ha llevado las ganas.
Si las nubes ya no tienen forma de corazón es porque Octubre no para de deformarlo todo con su viento.

Si Octubre fuera azul y rosa, quizás a mí no me llamarían así.

3 de julio de 2013

Si fueran reversibles aquellas noches de incendio.

Al final echas de menos incluso lo que veías a través de las ventanas. Caras desconocidas que nunca volverías a encontrar, coches que llevaban demasiado tiempo en el mismo sitio y calles por las que había pasado tanta gente como momentos felices. Y te preguntas si valdría la pena volver una vez más, he incluso sin entender nada de lo que pasaba, lo harías. Y sin dudarlo. 


18 de junio de 2013

Y ni siquiera sé por qué.

A veces pongo tantas caras cuando te veo. Y no sé si es que te echo de menos o solo te necesito a mi lado. 

Y te tengo delante y ni siquiera sé que decirte. Solo quiero estar cerca, más cerca de ti. Y colisionar, colisionar como lo hacen las estrellas, hacerlo rápido y sin parar. Estar todo el tiempo y ser uno. 

26 de abril de 2013

Estocolmo, o como dejar mi caja de Schrödinger atrás.

Inevitable, inevitablemente tenía que doler. Tenía que desgarrar cada una de las partes aún más sino la bestia no se quedaría contenta. Se saciaba a base de mi sangre pero lo hacía lentamente, a veces parecía que me cuidaba pero era todo mentira. Me cebaba, me cebaba, como si yo fuera un cerdo para devorarme luego, para que no quedara rastro de mi paso. Era un mal bicho. 

Yo no era capaz de entender lo que pasaba, solo lo observaba atemorizada, deseando que nunca acabara del todo conmigo, que algún día todo esto cesaría y me salvaría de él mismo, de su propia bestia. Como si yo pudiera pensar que las bestias aún sienten compasión por alguien, como si yo pudiera pensar que las bestias como él pueden sentir algo. 

Invocaba cada una de sus críticas carencias con mi mirada cuando estaba sobre mí, enseñándome esos colmillos enormes. Yo solo era capaz de contener mis miedos en una cajita que había formado con todos los escombros que dejaba por ahí. La denominé la cajita de Schrödinger puesto que nunca supe si realmente mi miedo había acabado o simplemente seguía tan dentro de mí como mis entrañas. 

Lo intentaba una y otra vez diciéndome que todo esto solo duraría un rato más. Un rato que se estaba haciendo demasiado largo. Ya no solo era imposible escapar de él, ¡ya no solo era imposible mirarlo con ojos detestables!, sino que, en un instante, me di cuenta de que lo necesitaba. Se había encerrado dentro de mí, me había llevado a Estocolmo y se había convertido en un viaje agradable. 

A veces, cuando no era él, cuando no era él en absoluto, podía dejar mi caja atrás y devorarlo yo, pero eso solo pasaba a veces, y a veces, siempre es muy poco. 

Pese a todo esto, no dejaba de ser esa bestia. Esa bestia que me cebaba a base de melancólicos anhelos que nunca llegarían, esa bestia que nunca paraba de arrebatarme todo lo que me daba, esa bestia que destrozaba cada uno de mis intentos en creer que yo podría recuperar esa parte de él prácticamente inerte, esa parte atemporal, esa parte que un día fue capaz de quererme tanto como yo lo quería cuando me llevaba a Estocolmo.

13 de febrero de 2013

Estado: Inaccesibilidad emocional.

Me llamó cuando ya las calles habían caído, no le entendía bien, no sabía lo que quería. Lo último que le dije fue "espérame, voy para allá". Colgué el teléfono, me enfundé mis vaqueros lo más rápido que pude, cogí la cazadora y el bolso y salí corriendo. Espero tenerlo todo. 

Cuando llegué lo vi sentado por fuera de las escaleras de su apartamento, con la cabeza gacha y las manos apoyando a esta. Me acerqué con cautela, y quizás con un poco de miedo, ni siquiera levantó la cabeza para asegurarse de que era yo, me jaló de la mano y me agachó delante de él. No conseguía decir palabra. Solo lo oía sollozando, y no es que tenga predilección por ello. Lo abracé, como pude, y lo intenté levantar ofreciéndole mi mano. La miró con recelo pero enseguida la aceptó, me quité la chaqueta y se la puse por encima. Pasé mi brazo por encima de sus hombros y lo llevé hasta el sofá. Cogí las llaves que había dejado colgando y cerré la puerta. Me senté con él, justo a su lado, sin emitir un sonido que no fuera mi respiración.

Estaba esperando, esperando, para acribillarlo a preguntas, pero no había situación más clara que me diera a entender que no era el momento. Y no hice nada. Solo permanecí ahí, inmutable y prácticamente inerte. Cuando ya di todo por perdido, levantó la cabeza entre mil lágrimas, me miró y dijo "gracias". 
Y volvió a su estado de inaccesibilidad emocional. 

Lo único que se me ocurrió fue darle la mano, sabía que pasaríamos así el resto de la noche. 

1 de febrero de 2013

Houston no ha traído a Febrero pero aún así ha llegado.

Retrasando a lo sumo la llegada del mes más corto del año, y todo lo que él acarrea, parece que al fin ha llegado. Sin inauguración. No me he topado, hoy, con ningún lazo rojo a las puertas de vete tú a saber donde, ni con unas tijeras gigantes, ni con un representante haciéndose una foto que se titularía "El representante de Febrero inaugura su mes por todo lo alto". 
Tampoco ha venido nadie especial a darme la enhorabuena, por estos tres meses de desgaste emocional. Ni me han traído un ramo enorme de flores ni una condecoración por estar entera, y parecer que no me rompo.
Houston no ha aparecido por aquí para presentarme el mes con una sonrisa. No creo que ha estas alturas lo haga ya. Seguramente estará muy ocupado limpiando su nave nodriza de la nieve que provoca. 
Aún así Febrero ha llegado, con o sin reconocimiento. Y un año más, como es nuevo, se merece una bienvenida. Algo así como, "Hola Febrero, ¡estás en tu casa!".


23 de enero de 2013

Preguntas retóricas para una noche de invierno.

¿Y esto va a quedar así?
¿No piensas hacer nada más?
¿Qué puedo hacer yo? 
¿No volverías a intentarlo? 
¿Y ya está? 
¿Hasta aquí?
¿Y te quedas tan tranquilo?
¿Ni siquiera me vas a echar de menos?
¿Y si no nos volvemos a encontrar?
¿Y si no pudiera dejar de hacerlo?
¿Me lo vas a impedir?
¿De verdad?

Sabes que queda algo.. ¿o no?


9 de enero de 2013

Paréntesis.

Supongo que me voy a quedar aquí, bajo las sábanas, durante un rato. Lo suficiente como para estar bien.

Buenas noches. 


1 de enero de 2013

La diminuta muñeca del ártico.

Por cada paso que doy me hago más pequeña, hasta ser una diminuta muñeca en medio del ártico. Esto está helado y parece inquebrantable. No me gusta. 

La última vez que estuve por aquí, esto era un paraíso con oasis a cada esquina. Y ahora es hielo y nada. De las más profundas llanuras de ninguna parte lanzo un destello de luz fluorescente rosa y se congela en el aire. Y no devuelve nada, solo una lluvia de dolor.

La última vez que me lancé en este lugar caí en una piscina onda, muy onda dónde casi podía notar el calor de una persona. Y ahora la misma agua en la que creí nadar libremente se ha helado, de mala manera. Sin avisar. Sin justificación. Ni siquiera me ha mandado una notificación a Facebook. 

Ahora campo en cualquier lugar de este enorme sitio, o quizás me he hecho tan pequeña que ya no lo puedo ver de otra forma, en busca de vida. Llevo una maleta en mano con todos los utensilios necesarios para salvar algo que haya quedado. En alguna parte. Si es que este frío del ártico no lo ha arrasado todo ya.