8 de diciembre de 2014

Vamos a contarnos las hojas, por favor.

Al fin y al cabo solo le he hecho el amor a tipos demasiado estirados, demasiado vacíos y demasiado ebrios. 

No conozco a gente más triste que ellos. Y sin embargo, consiguen hacerme sentir, todo el tiempo, radiantemente feliz. Tiemblo por ellos más de lo que se merecen, y ni siquiera puedo hacer nada. 
Oigo noche tras noche, cómo me bailan en la cama todas esas risas que no me describen a mí para nada. Me chirrían los oídos de todo lo que me hablan. 

Me desvisten los besos y las ganas de volverme a encontrar. A veces pienso que mañana se me pasará. Se me pasarán todas las tardes de otoño que no olieron a mandarinas. Pero nunca ocurre. Nunca ocurre nada de eso. Solo me siento y espero a que alguien traiga libros nuevos y café recién hecho. 

Hace tanto tiempo que no hago el amor frente a la ventana. Mientras llueve. ¡Cómo me gusta la lluvia! Ojalá pudiéramos deshojarnos en mi balcón, te lo juro, no te arrepentirías. Y luego podríamos besarnos. Podríamos besarnos la frente, y la nariz. Podríamos besarnos las historias, las ganas y el tiempo. El tiempo que nos falta por pasar. 

Aunque siempre cabe esperar que nos encontremos en algún bar, y tú estés demasiado borracho y yo demasiado sola, y que mientras nos miramos, nos deshojemos las penas en el baño.


26 de noviembre de 2014

24 de noviembre de 2014

Esperándonos.

No nos hemos mirado todavía,
no nos hemos tocado los puntos de inflexión,
no te has columpiado por mi ombligo,
ni has navegado por mis ríos.

No nos hemos mordido las ganas,
no nos hemos deshecho de las sábanas,
no nos hemos tomado las suficientes copas,
ni hemos bailado sin ropa.

No nos hemos reído,
ni nos hemos llorado.

No sé si sabes que te escribo,
y que te leo los días.

No sé si sabes que en invierno se echa de menos,
a quien no se conoce,
y a quien se quiere conocer.

A lo mejor solo estamos esperando.
Esperándonos. 

17 de noviembre de 2014

Si hay que creer en algo, creamos en Iglesias.

«Me gusta tu cara, me gusta tu pelo, me gusta tu boca pero no me gustas tú.»

Si algo tengo que decirle a Sabina, es que ojalá no supiera tantas letras de Serrat. 
Ojalá os gustara yo, y no todo de mí. 

No creo en Dios, y he perdido esa fe ciega de la minoría de edad. 
Pero si alguien ha conseguido llorarme las emociones, que no es poco, es él. 
Y sí es por su voz, y también por su pelo, y su cara, por su forma de hablar y por cómo lo hace fácil.

Nunca he sido una persona políticamente correcta. Ni atenta.
Nunca he creído en ese amor ciego a la ciudadanía. Pero lo ha logrado.
Siempre he pensado en la idea de bien común y de propiedad privada como algo que va unido. 
Siempre he querido liderar pero no a mí misma. 

Consiguieron hacerme despertar de tan malas formas en este mundo, que ese mismo día estuve segura de que la sociedad necesitaba un cambio.

Y quizás no solo es por su coleta, 
es por lo que hace. 
Y quizás no es solo por su forma de hablar, 
es por lo que dice. 
Y quizás no es solo por su llegada, 
es por lo que significa. 

A lo mejor podemos ser felices todavía. 


8 de noviembre de 2014

Sobre distopías, cartas de amor y textos por encargo.

No sé si lo que me atormentan son las noches de lluvia o que tú ya no estás.

He vuelto a escribir, sin que nadie lo sepa, después de estos malos años que todavía nos acompañan. No recordaba si sabría hacerlo de nuevo. Después de que esos terribles soldados armados hasta los dientes tomaran el poder por la fuerza decidí dedicarme a otras cosas. Te preguntarás a qué, si solo soy escritor.
Al principio no fue fácil. Empecé a ocultar todos mis libros, todos mis borradores, todas mis malas decisiones, y las buenas, por si algún día venían y arrasaban con todo. Lo único que conservé fue mi agenda y mi diario, que bien podrían haber sido la misma cosa. Había días tan oscuros, que solo podía echarme a llorar mientras veía como la tinta se corría.
El día que vinieron a buscarte supe que no nos volveríamos a ver. Leí una docena de veces todas tus notas. A veces, cuando sentía que ya nada tenía sentido aparecías tú. Y volvía a ponerme cada mañana ese horrible uniforme de fontanero.
Nadie se lo creía. No había visto una tubería en mi vida. Mi amigo Jack se convirtió en electricista de la noche a la mañana, él, que no sabía ni pelar un cable. Creímos que era lo mejor para mantener lejos al régimen. ¿Qué le importaríamos dos simples obreros de clase baja a los grandes dirigentes? Nada. Cada uno de nosotros formaba parte de esa masa que venían planeando crear ya desde hace bastante tiempo.
Todas las tardes nos reuníamos en el bar, y fumábamos. ¡Cómo me gustaba fumar! Recuerdo cuando impusieron aquella norma de que solo podríamos fumar dos  cigarrillos diarios. Esa vez sí que me tuvieron en el punto de mira. Leí la noticia en el periódico, hace ya diez años, esbocé una gran sonrisa y me encendí un pitillo. La libertad se acabaría el día que decidieran por mí qué debía respirar.
Aún no te he contado mis grandes hazañas durante todos estos años, cómo he estado a punto de morir por mi ideología a manos de cualquier guardianucho incapaz de sublevarse contra esta tortura. Quizás esté más muerto de lo que realmente pienso. Me gustaría saber si todavía te sientes orgullosa de mí.
Créeme, de verdad. Desde que te fuiste no hay ni una sola novela que no te relate, ni una sola canción que no te describa, ni una sola película donde no te encuentre… Llevo cuarenta años soportando este calvario, cualquier día llamarán a la puerta para llevarme con ellos. Y entonces nos volveremos a encontrar. El día que descubran todos mis tratados, todos mis libros, todos mis diarios, todos mis cuentos, el día que me descubran volveré contigo.
Cuando me enteré de qué te habías ido para siempre fui incapaz de comer y dormir durante semanas. No me di cuenta hasta que vi tus zapatos de ante en casa. Nunca te los quitabas. Esos viajes tan largos hasta el centro de la ciudad solo te los hacías con ellos. Juro que si pudiera volverte a hacer el amor dejaría que los llevaras puestos.
Hace unas semanas me torturaron esos viejos pensamientos de nuevo. Si te hubiera hecho caso, si no te hubiera dejado sola ese día. Cada vez que paso por la biblioteca municipal me acuerdo de la cantidad de libros que llevabas en la mano para devolver. Todavía no sé quién fue ese desalmado que se le ocurrió cazarte y llevarte a rastras simplemente por llevar entre tus manos “La ideología alemana”. Cuando me enfado mucho y lloro, lloro como si fuera un crio, maldigo a Marx como si fuera el mismísimo Stalin. ¿Cómo iba a saberlo yo? Que no regresarías, y todo por un libro.
Si te llevara ahora por aquel lugar te horrorizarías. Han quemado tantos libros. Ya solo quedan cuentos de Esopo para los niños más afortunados y una cantidad engorrosa de ladrillos infumables sobre el régimen.
No quise estar presente el día de la quema de libros. Me parecía un sacrilegio. Pero mi amigo Jack me contó que quemaron una docena de mis volúmenes. Uno detrás de otro y catalogándome como literatura prohibida. Si algo tuve claro ese día es que soy un buen escritor.
No sé si te estarás preguntando qué hago escribiéndote todo esto. Estoy seguro de que ya lo has hecho muchas veces. Quería que supieras que después de cuarenta años de condena y de estar casi sumido en mi vejez, ha terminado. El régimen ha caído. Ya solo quedan un par de soldados intentando huir de esta luz esperanzadora que nos ha inundado a todos.
Hoy hace veinticinco años que no he vuelto a saber de ti. Y si algo quería que supieras es que ni un Estado del terror hará que este viejo pierda la memoria. Si algo tenemos los escritores es que entre tanta barbarie siempre encontramos algo que nos hace continuar. Aunque llevemos un uniforme de fontanero estúpido. Lo que me ha hecho continuar has sido tú. Después de todo, nunca he dejado de buscarte. Ni de creer en ti.
Estoy seguro que si pudiera verte ahora mismo estarías rabiando de alegría. Somos libres. Al final han venido y nos han salvado. Lo hemos conseguido. Hemos sobrevivido. Gracias por no marcharte nunca Amelié.

PD: Llevan aporreando la puerta desde que he empezado esta carta. No sé si vendrán a liberarme o a llevarme contigo de una vez por todas. Pero por favor, promete que si nos volvemos a encontrar habrás leído mi carta. Eres el amor de mi vida. El amor de un anciano decrépito a punto de morir. Te echaré mucho de menos. 

8 de octubre de 2014

Tóxica y mortal.

No sé que estás buscando si ya te lo has llevado todo. 
Has arrasado con la paz que quedaba en este lugar. Y la guerra. 
No queda nada de ti. Ni de mí.
Ya no existen las luces de neón. Ni siquiera sobrevivieron a tu catástrofe. 
Ojalá me hubieras roto más. Ojalá no me quedaran ganas de volverlo a intentar. 
Pero llevo demasiadas noches esperándote. 
Y sé que no vas a regresar. Que no te quedarás. 
Aunque te lo pida. Aunque te lo suplique como nunca. 
Y sé que no vamos a volver a perdonarnos. 
Pero ojalá vinieras. Y nos tocáramos. Como lo hacíamos antes. 
Hacerlo tantas veces como para no volver a querernos nunca. 


14 de septiembre de 2014

Al final entendí por qué lo llamaban "paraíso terrenal".

Le pregunté cuánto tiempo más tendría que esperar. Me miró y encogió los hombros. Sinceramente no lo sé. 

Llevaba ya más de tres horas sentada en una butaca, apoyada en la pared, esperando por alguien que ni siquiera sabía si aparecería. La puerta se entreabría cada media hora, como para asegurarse de que aún estaba allí.
No sé que pretenden con esto la verdad. Ni él ni todos los empleaduchos que tiene a disposición. Estoy segura de que ni siquiera está aquí, de que no me ha llamado él y de que todo esto es una broma de mal gusto.
Quedaban diez minutos para las ocho. En cuanto suenen las campanas me voy, no paraba de repetir la misma frase para mis adentros. Ni siquiera sabía qué estaba esperando.
Aquel lugar era muy deprimente. Las paredes eran blancas y lisas, había una ventanilla desde la que se veía su secretario, supongo, un guardia jurado siempre al lado del portón principal, seis sillas de espera, como las de un hospital y una puerta de aluminio del mismo color que esas deprimentes paredes. Ah, y un reloj. Que perfectamente se podría prescindir de él, puesto que la iglesia más cercana estaba a dos calles de ahí. Cada media y cada hora doblaban las campanas. A las ocho me voy, volvía a decirme.
Yo iba vestida con americana y pitillos negros, una camiseta beis de fiesta. No me preguntéis por qué, pero quién quiera que me haya llamado me trasmitió jubilo y diversión. 
No suelo ir a dónde desconocidos me requieran, pero conocía el lugar, todo el mundo hablaba de él. Pocos eran los invitados a entrar en ese paraíso terrenal, como lo llamaban los que ya habían pasado por ahí. 
Más que paraíso terrenal yo lo hubiera llamado apáñate con lo que puedas, vale nunca he sido muy buena dando nombres a las cosas, pero ese lugar era frío y funesto. Nunca había sentido la necesidad de quedarme quieta en un lugar por miedo a lo que pueda pasar. 
Las ocho menos cinco. Nunca habían ido tan lentas las manecillas del reloj. Aguanta un poco más, ya casi puedes irte sin perder ninguno de tus modales.
Cogí mi bolso, me levanté, estaba casi a la altura del guardia cuando de repente se abre la puerta y pronuncian mi nombre y mi primer apellido. Miré alrededor y no había nadie más que yo. Di media vuelta y me dispuse a entrar en esa especie de despacho. 
Cuando entré solo era capaz de distinguir luces rojas. Como en un cuarto de revelado fotográfico.
"Siéntate" oí decir. Un foco enorme de luz se encendió e iluminó una silla y un escritorio. Me recordó a la escena de una película. Si encontraba una máscara de Guy Fawkes en la habitación empezaría a preocuparme.
Después de un par de minutos oyendo susurros y pasos de un lado a otro, advertí una mano que colocaba delante de mí una especie de contrato. Eran una serie de pautas. Me habló una vez más. Su voz me resultó familiar y leyendo el papel por encima sabía ya a lo que había venido. Creo que nunca me había visto envuelta en tal situación. Tenía curiosidad por si había acertado. Por saber si de verdad era él y me había encontrado. Firmé y se encendieron todas las luces. Y por fin lo vi. Hacía tanto tiempo que no sabía nada sobre él. Pensaba que se había ido al extranjero o a algún lugar donde nadie supiese su nombre. Pero no. Estaba en la ciudad y me había citado a mí. Después de tantos vaivenes y miradas. Después de no hablarnos. De no vernos. De no ser nada. Sentí que podía detenerse toda mi vida en aquel instante y no ocurriría nada. Nada mejor que eso. 
Me miró y sonrió. ¿Estás segura? Completamente, le dije. Y sin dudarlo me levanté de la silla y me dirigí a su lado. Después de esto no hay vuelta atrás. Ni siquiera me importaba. 
Avancé en su dirección, y tras su minúsculo despacho había una puerta de hierro forjado, que resultaba pesada con solo mirarla. Esperé a que la abriera, con un poco de impaciencia. Me dejó pasar primero, y una vez los dos dentro me dijo: Bienvenida a la habitación del sexo. 
Había oído hablar sobre él que tenía gustos un tanto extraños, pero nada que no fuese capaz de asumir. Me preguntó si necesitaba algo. Beber, comer o fumar. A todas respondí negando con la cabeza. Muy bien, entonces ve al vestidor. Estaba como una niña con un juguete nuevo. Aunque quizás no era una buena metáfora. Ya me tenía preparados un par de conjuntos que rompería en cuanto saliese de allí, pero aún así me esforcé por vestirme como una verdadera puta para la cama.
Me desnudé y coloqué mi ropa encima de un estante, que por cierto, ponía mi nombre. No sé cómo sabía que mi respuesta sería sí. Me puse unas medias trasparentes, un pantaloncito de cuero negro de talle muy alto y muy cortito estilo años 80, un corsé de cremallera bastante ceñido y unos tacones tan altos que me costaba mantener el equilibrio sobre ellos. Me recogí el pelo con una coleta. Tenía la cara totalmente despejada. Me maquillé, como si fuera una profesional del oficio y salí para que me diera el visto bueno.
Estaba esperándome completamente desnudo enfrente de la puerta del vestidor. Cuando lo encontré así, como dios lo trajo al mundo, solo fui capaz de quedarme boquiabierta y no decir absolutamente nada. Mi estupor hizo que se creciera, en todos los sentidos. 
Me cogió de la mano, con mucha delicadeza. Si os digo la verdad, no lo recordaba así, pero cuando sostuvo mi mano sabía que no había cambiado tanto. 
Me sentó en la cama, y me dijo que si estaba preparada. Para todo, pensaba. Aunque solo asentía. Sacó de la mesilla de noche una corbata, y me vendó los ojos. Me tumbó y me levantó las manos. En el cabecero de la cama habían grilletes que me colocó uno en cada muñeca. 
Se acercó a mi oído y me dijo, si te portas bien no te ato los pies, confío en ti. 
Sonreí. Estaba temblando de los nervios. No sabía si era por la situación, por él o por cómo una llamada había derivado en todo esto. 
Noté cómo empezaba a pasar sus dedos por mi cuerpo, entre mis senos, por mi ombligo, rodeándolo, respetando cada curva que se encontraba, cada lunar. Solo con dos dedos me desabrochó el pantalón y me lo fue bajando. Antes de hacerlo posó su boca encima de mi entrepierna y lo oí susurrar ¿todavía no sientes nada verdad? Si os digo la verdad, me daba vergüenza que tocará las medias en ese momento, porque sabía que estaban empapadas. 
Me empezó a besar, por dónde una vez hicieron sus yemas una trayectoria. Lamía todo aquello que estaba a su alcance. Pasó su lengua y sus manos tan cerca de mi amor propio que me destensé justo en ese instante. ¿Ya está bien de delicadezas, verdad? Con sus dos manos fuertemente rompió mis medias y se abalanzó con su boca sobre mi libertad. Lamía de abajo hacia arriba y mis ingles ya lo habían notado desde antes de que hubiese posado su boca. Me acariciaba con sus dedos por cada lugar donde su lengua ya había hecho estragos. Cuando estaba casi al borde de dejarme la voz en esa habitación recorrió desde mi oscuridad hasta mi cuello con su lengua... bajando la cremallera del corsé a su paso. 
Tenía las manos totalmente extendidas, tanto como los grilletes me dejaban, puso sus labios a la altura de mi boca, cogí aire y lo sentí. Había tocado fondo desde el primer momento y mientras me dirigía a su gusto con todo su argumento me besaba. No antes, ni después. Justo la primera vez que se metió dentro de mí. Sentí sus labios y su cuerpo después de tanto tiempo. 
Me miraba, sabía que me estaba mirando, aunque yo no lo pudiera ver. Cada vez me embestía con más y más fuerza, me pegaba hasta que el dolor se convertía en placer, y no parábamos de gritar. 
Sentía escalofríos por todo el cuerpo. Cogió una fusta, de no se qué lugar, y cada vez que notaba que me iba a correr me daba en los pezones. Pero pasaba su lengua para sanarlos. 
Una de las veces le supliqué que me dejará llegar ya, que estaba apunto de explotar. Se acercó a mí oído y dijo "cuando quieras, cariño", me embistió una vez más y sentí que caíamos. Su cuerpo contra el mío, a la par, nos habíamos dejado la voz y todas las cuentas pendientes que nos debíamos. 

No recuerdo cómo, porque caí rendida en el acto, pero cuando desperté ya estaba desatada y con mi ropa puesta. En la misma cama donde hacía un par de horas no habría podido quedarme en silencio. 
Me levanté y miré alrededor. No vi a nadie. Solo una nota en la almohada y una cartel fluorescente que ponía "SALIDA". 

Me puse los zapatos, cogí mi bolso y leí la nota de camino a la puerta de salida.

"Gracias por las noches que no pasamos, 
por los besos que faltaron, 
por conservar las ganas.
No nos hacíamos falta, 
pero necesitaba recordarte que tú también eres mía, 
aunque sea solo entre estas cuatro paredes. 

Te llamaré. 
Si no, ya sabes dónde encontrarme."

Deje entrever una sonrisa, salí del edificio, guardé la nota y me encendí un cigarrillo. Miré a la única ventana del edificio, sabía que estaba ahí. Cogí el pitillo con la mano derecha y me despedí de él. Sabía que era el final. Aunque ingenuos de nosotros creyéramos que no. 


3 de septiembre de 2014

Al desamor de mi vida.

¿Te acuerdas cuando ya no podíamos ni vernos? Pensé que me moría si tú te habías dado cuenta también. 

Debí haberlo pensando como mil veces, una por cada vez que te miraba a los ojos y no sentía nada. Una por cada vez que te besaba y conservaba el aliento. 
Pude hacerlo tantas veces, de tantas formas, con tantas palabras... y me quedé en silencio. 

Estuve a punto de gritártelo a la cara. Mil y una veces. Y nunca me atreví. Si me hubieras conocido, al final lo hubieras sabido tú. Me tenía que ir. Sin el amor. Sin las ganas. Sin ti. 

Ya ninguno de los dos queríamos compartir la almohada ni las mantas, que nunca abrigaron a los corazones helados. Estuve a punto de dejarte una carta. Pero nunca supe que decirte. 

Al (no) amor de mi vida, 
por no seguir, 
por no ayudarme a continuar, 
por llorarme los días. 

Me hubiera roto en más trocitos aún si cabe. 
No quería ser yo quién te dijera que ya no podía huir más estando tan cerca. 

Y todavía, a veces, echo de menos como (no) me querías. 

No soy poeta, 
pero te he mentido tantas veces en el papel, 
que aún no entiendo como me crees bajo las sábanas.

Ya te había dicho que no quería escribirte una carta. Nunca he sido de escribir cartas al desamor de mi vida.

Pero quizás. 
Por si algún día apareces. 
En algún lugar...

...donde ya nos hayamos querido antes.