11 de julio de 2014

Día 107.

No sé si me estás echando de menos, pero ojalá lo estuvieras haciendo.

Los días pasan tan rápido que ya ni siquiera recuerdo tu nombre. Ni como gemías en mi almohada. 
Las noches ya no huelen a rosas rojas y tu boca ya no sabe a mi carmín rosa, sino a Bourbon barato.
Podría distinguir esa silueta en cualquier lugar y tú ni siquiera sabrías que te estoy mirando.
Te he visto sonreír demasiadas veces después de irte, pero podría arriesgarme a decir, que tu mirada me echa tanto de menos que eres incapaz de verme sin hundirte en la más absoluta tristeza. 

Lo siento, 
no sé cuando tengo que parar de escribir.


Deberías saber que por encima de todo y solo por debajo del amor está tu nombre. Y no sé si eso es bueno o malo. 

25 de junio de 2014

Me he perdido durante un par de meses, o me he encontrado, no sé.

No sabía cómo se acababan las etapas, pero ya lo he entendido. 

Deberíais saber que he acabado segundo de bachillerato, con una clase maravillosa, y que he aprobado la PAU. También deberíais saber que voy a estudiar filosofía, y que no voy a ser docente. 
Pero sobre todo, deberíais saber que no sé superarlo. Que me gusta perderme y no encontrarme nunca. O quizás solo quiero que me encuentren. 
Ellos, y él, han hecho que pase unos meses maravillosos, y con lo mínimo que podría agradecérselos es con un vídeo.  


La publicidad no es cosa mía, es cosa del trial de Sony Vegas. 

21 de junio de 2014

Día 97.

Llevo tres meses, seis días y cuatro horas sin saber de ella. 

He estado mil veces apunto de rendirme. Ciento cincuenta copas después, puedo decir que soy incapaz de olvidarla. Hoy he soñado con ella. He soñado que me destrozaba la vida y que se quedaba contemplando desde un banco cómo me hundía en mis propias lágrimas. Inmutable. Impasible. Inhumana. 
No quiero que sepa que he vuelto a fumar. Me tiembla el pulso cada vez que enciendo un cigarrillo y se consumen las esperanzas de recuperarla. Nunca me habían querido tan mal. Aunque quizás yo no supe quererla demasiado bien. 
He leído hoy en la prensa local que lloverá mañana. Para mí, desde que se fue, nunca ha dejado de llover.

Llevo tres meses, siete días y trece minutos sin saber de ella. Pero nunca he dejado de recordarla. 


20 de junio de 2014

Etílicamente muerto.

Hoy ya he perdido la cuenta de las copas que llevo encima. 

Me he levantado oliendo a ginebra barata y lo primero que he hecho después de salir corriendo a vomitar al baño, ha sido servirme otro trago. Ya no sé si lo que me embriaga es el alcohol o sus medias en mi cajón. Se ha olvidado mi vida en el altillo. Ha salido corriendo por las escaleras arrasando todo a su paso. Odio acabar todos los días en el mismo tugurio, rodeado de historias que ni se le asemejan, suplicando el carmín de alguna chica de la barra para olvidar tu boca. Ya ni siquiera recuerdo como besabas. Soy incapaz de darme cuenta cuando comienzo a escribirte, pero sé que cada vez que lo hago pierdo. 
Tengo miedo de volver a rendirme ante esa falda demasiado corta y ese pelo demasiado alborotado. No merezco morir esperando tu llamada. He perdido mi teléfono hace semanas, tras unas copas de más y unos cabales de menos. Lo siento, no debería hacer esto, pero ya es demasiado tarde. Estoy pintando los colores de tu sombra en mi almohada, a ver si de una vez puedo dormir tranquilo. Aunque no sea en tu boca. Aunque ya no quieras volver.

10 de mayo de 2014

Nunca había publicado la disertación que presenté, hasta ahora.

“Cuando alguien te pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la pregunta tiende a ser irónica y mordaz.”

Así hablaba Gilles Deleuze sobre la respuesta a la que nos conduce la pregunta formulada “¿Para qué sirve la filosofía?”. Y si necesitamos agresividad para responder a este tipo de cuestiones es mejor concluir ya con que la filosofía no sirve para nada. 
Porque… ¿para qué es útil la filosofía? Lo que “sirve para algo” debe tener alguna función, normalmente técnica, que nos proporcione algún beneficio para algo que requiramos. Sin embargo, el conocimiento, el estudio de la filosofía, no nos aporta nada de eso. 
Corrientes filosóficas como el utilitarismo partían de la base de que una acción será correcta si, con independencia de su naturaleza intrínseca, resulta útil o beneficiosa para ese fin de máxima felicidad. 
Entendemos “fin de máxima felicidad” como un supuesto psicológico que le parece evidente a Bentham, padre del utilitarismo. Se refiere a que un hombre no solo buscará su felicidad sino la de los que le rodean ya sea en su vida privada como pública. Todas sus acciones dependerán de este supuesto.
Dejando a un lado la aclaración anterior, podemos observar en este tipo de teorías éticas que siempre que algo sea útil la acción será correcta. Pero, hemos llegado a la conclusión de que la filosofía no sirve para nada y si además asimilamos este patrón, se refuerza nuestra hipótesis. 
Aunque la contradicción en el uso de términos es evidente, si el utilitarismo es una corriente filosófica y la filosofía es algo inútil, ¿por qué la usaban? ¿Por qué se hacían llamar amantes de la sabiduría esos que solo buscaban herramientas para realizar otros fines? 
Resulta casi imposible no recordar en este caso al filósofo por antonomasia, Aristóteles, quien en una parte de su Metafísica dedica un texto a este “conocimiento” que denominamos filosofía. Parece que en “la admiración”, nombre por el que reconocemos el fragmento, es una clara contraposición a las posturas utilitarista de Bentham y Stuart Mill, pese a los siglos de diferencia entre unas y otras. Aristóteles intenta plasmar lo ridículo que resulta valorar esta ciencia, entendiendo ciencia como conocimiento, por la utilidad que tenga para realizar otras cosas. Todos aquellos hombres que filosofaron lo hicieron para huir de la ignorancia, cuando tenían un problema o por motivos similares, y ya teniendo cubiertas todas sus necesidades. Al llegar a este punto, de no pasar necesidad alguna, debería llegarse a la total armonía de la mente y el cuerpo ya que se piensa que en eso se basa la felicidad. Pero siempre surge alguna pregunta, algún problema irresoluble por los métodos más prácticos que podamos imaginar. Es ahí entonces donde surge la filosofía, eso que no es arte, ni ciencia, ni técnica… Es sabiduría. Es la capacidad de meditar, de abstraerse de algún modo de la realidad para encontrar una respuesta que probablemente se halle en nosotros mismos. Es la forma de huir de la ignorancia, y es aquí donde observamos que la filosofía no sirve para llegar a un fin, sino para serlo en sí misma.
¿Y qué más podríamos decir sobre un planteamiento tan pesimista sobre ella? Cerrar el archivo y salir sin guardar sería una opción. Pero recordando una de las frases célebres de nuestro ya mencionado Aristóteles, “El ser humano no hace nada que no sea por necesidad.”, podemos seguir nuestro planteamiento sin tener que romper a llorar.
Remitiéndonos a la cita anterior, y a nuestros argumentos pasados, podemos deducir que, si es cierto que el hombre no hace nada “por amor al arte”, y que la filosofía es un fin en sí misma, pese a que no sirva para nada, es indiscutible que cientos de filósofos hacían su labor por necesidad, por lo que podemos observar que la filosofía aparte de necesaria es imprescindible. Ningún hombre nace entendido en esta disciplina, puesto que muchos mueren sin apenas conocerla, pero viviendo bajo leyes morales establecidas por su cultura, donde probablemente sea adoptada una postura relativista. Es decir, estos cerdos satisfechos, tal como los define Epicuro, que probablemente no busquen respuesta más allá de qué habrá de comer hoy, se rigen por una ética enseñada desde la infancia, que les permite establecer la diferencia entre el bien y el mal. Puesto que no en todo el mundo esta diferencia es clara, allí donde estemos, nos encontraremos con una educación en valores distinta a la de cualquier otra parte del mundo. Esta educación en valores pertenece claramente a una parte de la filosofía, aunque muchos no lo reconozcan o sepan apreciarlo. Ser capaz de diferenciar entre lo bueno y lo malo ya nos está haciendo humanos. Un animal se rige únicamente por sus necesidades biológicas, en términos más concretos, sus instintos. Un hombre no puede rebajarse a ser llamado bestia y su única forma de evitarlo por completo y ser digno de llamarse Hombre, con mayúscula, es mediante el pensamiento filosófico. La filosofía ni sirve ni es útil para (otro fin), pero nos hace seres humanos, personas racionales, impone la armonía que hace falta entre el cuerpo y nuestra mente. La búsqueda de respuestas no inmediatas nos hace más humanos. Y claro que podríamos diferenciar y clasificar a cada uno de los individuos por su nivel de indagación en sí mismos y su capacidad deductiva y de abstracción, por su compromiso consigo mismo, por cuanto ha huido ese cuerpo de la ignorancia. 
Mas la filosofía se cree entendida por todos y al parecer resulta una pérdida de tiempo por ello. Pues muchos hablan de que los filósofos dicen cosas que todo el mundo sabe pero con palabras que no se entienden. Ha de venir cualquier filósofo de la antigüedad a explicar que ni siquiera ellos mismos entendían en profundidad esa episteme a la que intentaban llegar. Sócrates, destacado filósofo ateniense, afirmaba no saber nada, él, uno de los pocos que quizás llegó a comprender mucho más que cualquier otro prójimo suyo. Entender la filosofía no es cuestión estricta de terminología puesto que todos nosotros sabemos usar un diccionario. Tampoco se trata de leer indiscriminadamente obras sobre reflexiones que quizás ni siquiera nos interesen ya sea por la temática o por la incapacidad de comprensión, ya que con ninguno de estos propósitos llegaremos a entenderla. Es más, quien dice haberla comprendido por completo está en un craso error. La filosofía no es lo que se ha estancado sino el ser humano. Y si unos gurús del tres al cuarto declaran, a sus entenderes, poderse comparar con un verdadero filósofo solo podrán recibir mofa, al menos por mi parte. La filosofía no es una ciencia exacta, ni experimental, ya lo hemos dicho, no es una lengua extranjera ni un estudio práctico, no es memorable a niveles académicos, ni puede llegarse a demostrar con algún tipo de experimento. La filosofía influye en cada una de las ciencias conocidas desde su raíz más elemental. Pese a que todas las ciencias hagan más falta que esta para el desarrollo de la vida cotidiana, necesidades primarias o tantas otras cosas… ninguna es más importante.
No podríamos desarrollar una vida plena sin ella, sin conocimiento, sin la búsqueda de uno mismo en el ser. El propósito de filosofar no va más allá del mero conocimiento propio de cuestiones tan variopintas como ramas de esta haya. Haciendo alusión a Savater, ahora somos capaces de entender su famosa frase “Se puede vivir de muchos modos, pero hay modos que no dejan vivir”, y vivir sin filosofía es claramente uno de ellos. Es obvio entonces que, desde un principio, somos incapaces de imaginar a un hombre que pueda vivir sin ninguna lección moral, sin observar la belleza que nos brinda un amanecer, sin la toma de decisiones propias carentes de meditaciones previas… para eso es para lo que está la filosofía. Para ayudarnos, para forjarnos como seres humanos, para vivir en sociedad, para deleitarnos con su parte más hermosa, la estética, para encontrarnos a nosotros mismos, para no ser bestias sino personas. Personas que han sido capaces de llegar a ser un fin para sí mismos. Fin que solo se puede conseguir mediante una ciencia dedicada a ella misma, la filosofía.

6 de marzo de 2014

Ha perdido todo el sentido en algún momento. Y quizás, a riesgo de ser como yo, lo ha recobrado al final.

Él sabía a natillas de vainilla y olía a césped recién cortado. Decidme si no era una maravilla. 

No he vuelto a ver luces de neón rojas en medio de autopistas demasiado solitarias. Y ni las echo de menos. Estaba esperando a que unas manos suficientemente bizarras me agarraran tan fuerte como para sacarme del poso de su café de los martes. Y de los miércoles. 

Primavera con una esquina rota pasó de ser un sentimiento a convertirse solo en un libro. 

Me gustaban las rosas, pero no dejaría de enamorarme de sus margaritas. Y de sus ojos. Debería estar prohibido no hablar de ellos y del mar en la misma frase. Naufragaría sin necesidad de que nadie me lo pidiera. Ya lo hago. 

He vuelto a tener ganas de escribir poesía y eso que mis versos, y mis besos, solo lo recorrerían a él. 

Y todo esto porque ha acabado definitivamente con el número diez. Ha desaparecido de mis carreteras y del lado derecho de la tabla periódica.