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8 de noviembre de 2014

Sobre distopías, cartas de amor y textos por encargo.

No sé si lo que me atormentan son las noches de lluvia o que tú ya no estás.

He vuelto a escribir, sin que nadie lo sepa, después de estos malos años que todavía nos acompañan. No recordaba si sabría hacerlo de nuevo. Después de que esos terribles soldados armados hasta los dientes tomaran el poder por la fuerza decidí dedicarme a otras cosas. Te preguntarás a qué, si solo soy escritor.
Al principio no fue fácil. Empecé a ocultar todos mis libros, todos mis borradores, todas mis malas decisiones, y las buenas, por si algún día venían y arrasaban con todo. Lo único que conservé fue mi agenda y mi diario, que bien podrían haber sido la misma cosa. Había días tan oscuros, que solo podía echarme a llorar mientras veía como la tinta se corría.
El día que vinieron a buscarte supe que no nos volveríamos a ver. Leí una docena de veces todas tus notas. A veces, cuando sentía que ya nada tenía sentido aparecías tú. Y volvía a ponerme cada mañana ese horrible uniforme de fontanero.
Nadie se lo creía. No había visto una tubería en mi vida. Mi amigo Jack se convirtió en electricista de la noche a la mañana, él, que no sabía ni pelar un cable. Creímos que era lo mejor para mantener lejos al régimen. ¿Qué le importaríamos dos simples obreros de clase baja a los grandes dirigentes? Nada. Cada uno de nosotros formaba parte de esa masa que venían planeando crear ya desde hace bastante tiempo.
Todas las tardes nos reuníamos en el bar, y fumábamos. ¡Cómo me gustaba fumar! Recuerdo cuando impusieron aquella norma de que solo podríamos fumar dos  cigarrillos diarios. Esa vez sí que me tuvieron en el punto de mira. Leí la noticia en el periódico, hace ya diez años, esbocé una gran sonrisa y me encendí un pitillo. La libertad se acabaría el día que decidieran por mí qué debía respirar.
Aún no te he contado mis grandes hazañas durante todos estos años, cómo he estado a punto de morir por mi ideología a manos de cualquier guardianucho incapaz de sublevarse contra esta tortura. Quizás esté más muerto de lo que realmente pienso. Me gustaría saber si todavía te sientes orgullosa de mí.
Créeme, de verdad. Desde que te fuiste no hay ni una sola novela que no te relate, ni una sola canción que no te describa, ni una sola película donde no te encuentre… Llevo cuarenta años soportando este calvario, cualquier día llamarán a la puerta para llevarme con ellos. Y entonces nos volveremos a encontrar. El día que descubran todos mis tratados, todos mis libros, todos mis diarios, todos mis cuentos, el día que me descubran volveré contigo.
Cuando me enteré de qué te habías ido para siempre fui incapaz de comer y dormir durante semanas. No me di cuenta hasta que vi tus zapatos de ante en casa. Nunca te los quitabas. Esos viajes tan largos hasta el centro de la ciudad solo te los hacías con ellos. Juro que si pudiera volverte a hacer el amor dejaría que los llevaras puestos.
Hace unas semanas me torturaron esos viejos pensamientos de nuevo. Si te hubiera hecho caso, si no te hubiera dejado sola ese día. Cada vez que paso por la biblioteca municipal me acuerdo de la cantidad de libros que llevabas en la mano para devolver. Todavía no sé quién fue ese desalmado que se le ocurrió cazarte y llevarte a rastras simplemente por llevar entre tus manos “La ideología alemana”. Cuando me enfado mucho y lloro, lloro como si fuera un crio, maldigo a Marx como si fuera el mismísimo Stalin. ¿Cómo iba a saberlo yo? Que no regresarías, y todo por un libro.
Si te llevara ahora por aquel lugar te horrorizarías. Han quemado tantos libros. Ya solo quedan cuentos de Esopo para los niños más afortunados y una cantidad engorrosa de ladrillos infumables sobre el régimen.
No quise estar presente el día de la quema de libros. Me parecía un sacrilegio. Pero mi amigo Jack me contó que quemaron una docena de mis volúmenes. Uno detrás de otro y catalogándome como literatura prohibida. Si algo tuve claro ese día es que soy un buen escritor.
No sé si te estarás preguntando qué hago escribiéndote todo esto. Estoy seguro de que ya lo has hecho muchas veces. Quería que supieras que después de cuarenta años de condena y de estar casi sumido en mi vejez, ha terminado. El régimen ha caído. Ya solo quedan un par de soldados intentando huir de esta luz esperanzadora que nos ha inundado a todos.
Hoy hace veinticinco años que no he vuelto a saber de ti. Y si algo quería que supieras es que ni un Estado del terror hará que este viejo pierda la memoria. Si algo tenemos los escritores es que entre tanta barbarie siempre encontramos algo que nos hace continuar. Aunque llevemos un uniforme de fontanero estúpido. Lo que me ha hecho continuar has sido tú. Después de todo, nunca he dejado de buscarte. Ni de creer en ti.
Estoy seguro que si pudiera verte ahora mismo estarías rabiando de alegría. Somos libres. Al final han venido y nos han salvado. Lo hemos conseguido. Hemos sobrevivido. Gracias por no marcharte nunca Amelié.

PD: Llevan aporreando la puerta desde que he empezado esta carta. No sé si vendrán a liberarme o a llevarme contigo de una vez por todas. Pero por favor, promete que si nos volvemos a encontrar habrás leído mi carta. Eres el amor de mi vida. El amor de un anciano decrépito a punto de morir. Te echaré mucho de menos. 

14 de septiembre de 2014

Al final entendí por qué lo llamaban "paraíso terrenal".

Le pregunté cuánto tiempo más tendría que esperar. Me miró y encogió los hombros. Sinceramente no lo sé. 

Llevaba ya más de tres horas sentada en una butaca, apoyada en la pared, esperando por alguien que ni siquiera sabía si aparecería. La puerta se entreabría cada media hora, como para asegurarse de que aún estaba allí.
No sé que pretenden con esto la verdad. Ni él ni todos los empleaduchos que tiene a disposición. Estoy segura de que ni siquiera está aquí, de que no me ha llamado él y de que todo esto es una broma de mal gusto.
Quedaban diez minutos para las ocho. En cuanto suenen las campanas me voy, no paraba de repetir la misma frase para mis adentros. Ni siquiera sabía qué estaba esperando.
Aquel lugar era muy deprimente. Las paredes eran blancas y lisas, había una ventanilla desde la que se veía su secretario, supongo, un guardia jurado siempre al lado del portón principal, seis sillas de espera, como las de un hospital y una puerta de aluminio del mismo color que esas deprimentes paredes. Ah, y un reloj. Que perfectamente se podría prescindir de él, puesto que la iglesia más cercana estaba a dos calles de ahí. Cada media y cada hora doblaban las campanas. A las ocho me voy, volvía a decirme.
Yo iba vestida con americana y pitillos negros, una camiseta beis de fiesta. No me preguntéis por qué, pero quién quiera que me haya llamado me trasmitió jubilo y diversión. 
No suelo ir a dónde desconocidos me requieran, pero conocía el lugar, todo el mundo hablaba de él. Pocos eran los invitados a entrar en ese paraíso terrenal, como lo llamaban los que ya habían pasado por ahí. 
Más que paraíso terrenal yo lo hubiera llamado apáñate con lo que puedas, vale nunca he sido muy buena dando nombres a las cosas, pero ese lugar era frío y funesto. Nunca había sentido la necesidad de quedarme quieta en un lugar por miedo a lo que pueda pasar. 
Las ocho menos cinco. Nunca habían ido tan lentas las manecillas del reloj. Aguanta un poco más, ya casi puedes irte sin perder ninguno de tus modales.
Cogí mi bolso, me levanté, estaba casi a la altura del guardia cuando de repente se abre la puerta y pronuncian mi nombre y mi primer apellido. Miré alrededor y no había nadie más que yo. Di media vuelta y me dispuse a entrar en esa especie de despacho. 
Cuando entré solo era capaz de distinguir luces rojas. Como en un cuarto de revelado fotográfico.
"Siéntate" oí decir. Un foco enorme de luz se encendió e iluminó una silla y un escritorio. Me recordó a la escena de una película. Si encontraba una máscara de Guy Fawkes en la habitación empezaría a preocuparme.
Después de un par de minutos oyendo susurros y pasos de un lado a otro, advertí una mano que colocaba delante de mí una especie de contrato. Eran una serie de pautas. Me habló una vez más. Su voz me resultó familiar y leyendo el papel por encima sabía ya a lo que había venido. Creo que nunca me había visto envuelta en tal situación. Tenía curiosidad por si había acertado. Por saber si de verdad era él y me había encontrado. Firmé y se encendieron todas las luces. Y por fin lo vi. Hacía tanto tiempo que no sabía nada sobre él. Pensaba que se había ido al extranjero o a algún lugar donde nadie supiese su nombre. Pero no. Estaba en la ciudad y me había citado a mí. Después de tantos vaivenes y miradas. Después de no hablarnos. De no vernos. De no ser nada. Sentí que podía detenerse toda mi vida en aquel instante y no ocurriría nada. Nada mejor que eso. 
Me miró y sonrió. ¿Estás segura? Completamente, le dije. Y sin dudarlo me levanté de la silla y me dirigí a su lado. Después de esto no hay vuelta atrás. Ni siquiera me importaba. 
Avancé en su dirección, y tras su minúsculo despacho había una puerta de hierro forjado, que resultaba pesada con solo mirarla. Esperé a que la abriera, con un poco de impaciencia. Me dejó pasar primero, y una vez los dos dentro me dijo: Bienvenida a la habitación del sexo. 
Había oído hablar sobre él que tenía gustos un tanto extraños, pero nada que no fuese capaz de asumir. Me preguntó si necesitaba algo. Beber, comer o fumar. A todas respondí negando con la cabeza. Muy bien, entonces ve al vestidor. Estaba como una niña con un juguete nuevo. Aunque quizás no era una buena metáfora. Ya me tenía preparados un par de conjuntos que rompería en cuanto saliese de allí, pero aún así me esforcé por vestirme como una verdadera puta para la cama.
Me desnudé y coloqué mi ropa encima de un estante, que por cierto, ponía mi nombre. No sé cómo sabía que mi respuesta sería sí. Me puse unas medias trasparentes, un pantaloncito de cuero negro de talle muy alto y muy cortito estilo años 80, un corsé de cremallera bastante ceñido y unos tacones tan altos que me costaba mantener el equilibrio sobre ellos. Me recogí el pelo con una coleta. Tenía la cara totalmente despejada. Me maquillé, como si fuera una profesional del oficio y salí para que me diera el visto bueno.
Estaba esperándome completamente desnudo enfrente de la puerta del vestidor. Cuando lo encontré así, como dios lo trajo al mundo, solo fui capaz de quedarme boquiabierta y no decir absolutamente nada. Mi estupor hizo que se creciera, en todos los sentidos. 
Me cogió de la mano, con mucha delicadeza. Si os digo la verdad, no lo recordaba así, pero cuando sostuvo mi mano sabía que no había cambiado tanto. 
Me sentó en la cama, y me dijo que si estaba preparada. Para todo, pensaba. Aunque solo asentía. Sacó de la mesilla de noche una corbata, y me vendó los ojos. Me tumbó y me levantó las manos. En el cabecero de la cama habían grilletes que me colocó uno en cada muñeca. 
Se acercó a mi oído y me dijo, si te portas bien no te ato los pies, confío en ti. 
Sonreí. Estaba temblando de los nervios. No sabía si era por la situación, por él o por cómo una llamada había derivado en todo esto. 
Noté cómo empezaba a pasar sus dedos por mi cuerpo, entre mis senos, por mi ombligo, rodeándolo, respetando cada curva que se encontraba, cada lunar. Solo con dos dedos me desabrochó el pantalón y me lo fue bajando. Antes de hacerlo posó su boca encima de mi entrepierna y lo oí susurrar ¿todavía no sientes nada verdad? Si os digo la verdad, me daba vergüenza que tocará las medias en ese momento, porque sabía que estaban empapadas. 
Me empezó a besar, por dónde una vez hicieron sus yemas una trayectoria. Lamía todo aquello que estaba a su alcance. Pasó su lengua y sus manos tan cerca de mi amor propio que me destensé justo en ese instante. ¿Ya está bien de delicadezas, verdad? Con sus dos manos fuertemente rompió mis medias y se abalanzó con su boca sobre mi libertad. Lamía de abajo hacia arriba y mis ingles ya lo habían notado desde antes de que hubiese posado su boca. Me acariciaba con sus dedos por cada lugar donde su lengua ya había hecho estragos. Cuando estaba casi al borde de dejarme la voz en esa habitación recorrió desde mi oscuridad hasta mi cuello con su lengua... bajando la cremallera del corsé a su paso. 
Tenía las manos totalmente extendidas, tanto como los grilletes me dejaban, puso sus labios a la altura de mi boca, cogí aire y lo sentí. Había tocado fondo desde el primer momento y mientras me dirigía a su gusto con todo su argumento me besaba. No antes, ni después. Justo la primera vez que se metió dentro de mí. Sentí sus labios y su cuerpo después de tanto tiempo. 
Me miraba, sabía que me estaba mirando, aunque yo no lo pudiera ver. Cada vez me embestía con más y más fuerza, me pegaba hasta que el dolor se convertía en placer, y no parábamos de gritar. 
Sentía escalofríos por todo el cuerpo. Cogió una fusta, de no se qué lugar, y cada vez que notaba que me iba a correr me daba en los pezones. Pero pasaba su lengua para sanarlos. 
Una de las veces le supliqué que me dejará llegar ya, que estaba apunto de explotar. Se acercó a mí oído y dijo "cuando quieras, cariño", me embistió una vez más y sentí que caíamos. Su cuerpo contra el mío, a la par, nos habíamos dejado la voz y todas las cuentas pendientes que nos debíamos. 

No recuerdo cómo, porque caí rendida en el acto, pero cuando desperté ya estaba desatada y con mi ropa puesta. En la misma cama donde hacía un par de horas no habría podido quedarme en silencio. 
Me levanté y miré alrededor. No vi a nadie. Solo una nota en la almohada y una cartel fluorescente que ponía "SALIDA". 

Me puse los zapatos, cogí mi bolso y leí la nota de camino a la puerta de salida.

"Gracias por las noches que no pasamos, 
por los besos que faltaron, 
por conservar las ganas.
No nos hacíamos falta, 
pero necesitaba recordarte que tú también eres mía, 
aunque sea solo entre estas cuatro paredes. 

Te llamaré. 
Si no, ya sabes dónde encontrarme."

Deje entrever una sonrisa, salí del edificio, guardé la nota y me encendí un cigarrillo. Miré a la única ventana del edificio, sabía que estaba ahí. Cogí el pitillo con la mano derecha y me despedí de él. Sabía que era el final. Aunque ingenuos de nosotros creyéramos que no. 


30 de julio de 2013

Piso 23.

Cerrará las ventanas para no oírme gritar, pero sus intentos serán en vano. Se desgarrará por dentro, llorará tanto como yo lo hice, y lo peor es que ni siquiera lo podrá evitar. Arrojará cada uno de nuestros recuerdos a la basura tratando de soportar el dolor que le ocasionan esas fotos, y yo estaré esperando a que se dé cuenta de que se está equivocando. Gritaré por la ventana, tan alto como mis cuerdas vocales me lo permitan. Vamos a ser felices de una vez por todas, vamos a intentarlo una vez más. Ya no hay nada que perder, los marcadores están a cero, y tú y yo completamente rotos. Empecemos por remendar cada corazón que una vez partimos. Todo va a sonar a risas en cuanto decidas salir y abrazarme, porque sé que lo harás, mientras miras arder la papelera tú también te quemas por dentro. Tienes cara de estar sufriendo, y ni siquiera puedo verte, pero lo siento, tanto como si estuvieras cogido de mi mano. Has acariciado tantas veces mi pelo que es como si siempre estuvieras aquí, como si nunca te hubieras ido, como si no estuvieras en esa vieja habitación del piso 23. Estaremos vivos, más vivos que nunca siempre que se incendie todo lo malo y dejemos paso a lo bueno. Más vivos que las llamas de los atardeceres de verano y que la nieve en pleno invierno. Tan vivos como sabemos hacerlo nosotros. Ardiendo entre las sábanas del adiós que nunca llegó, y en las que siempre había sitio para los dos. Volarás en esta noche reversible hasta mi cama, abrirás la ventana y te dejarás querer de una vez por todas. 

Oigo tus pasos por las roídas escaleras de madera bajando a toda prisa, y ahora solo sé que estás llegando, que el pomo de la puerta está girando y que eres tú el que está corriendo para abalanzarse sobre mí. Por fin. Esta vez será la buena, te lo prometo.

26 de abril de 2013

Estocolmo, o como dejar mi caja de Schrödinger atrás.

Inevitable, inevitablemente tenía que doler. Tenía que desgarrar cada una de las partes aún más sino la bestia no se quedaría contenta. Se saciaba a base de mi sangre pero lo hacía lentamente, a veces parecía que me cuidaba pero era todo mentira. Me cebaba, me cebaba, como si yo fuera un cerdo para devorarme luego, para que no quedara rastro de mi paso. Era un mal bicho. 

Yo no era capaz de entender lo que pasaba, solo lo observaba atemorizada, deseando que nunca acabara del todo conmigo, que algún día todo esto cesaría y me salvaría de él mismo, de su propia bestia. Como si yo pudiera pensar que las bestias aún sienten compasión por alguien, como si yo pudiera pensar que las bestias como él pueden sentir algo. 

Invocaba cada una de sus críticas carencias con mi mirada cuando estaba sobre mí, enseñándome esos colmillos enormes. Yo solo era capaz de contener mis miedos en una cajita que había formado con todos los escombros que dejaba por ahí. La denominé la cajita de Schrödinger puesto que nunca supe si realmente mi miedo había acabado o simplemente seguía tan dentro de mí como mis entrañas. 

Lo intentaba una y otra vez diciéndome que todo esto solo duraría un rato más. Un rato que se estaba haciendo demasiado largo. Ya no solo era imposible escapar de él, ¡ya no solo era imposible mirarlo con ojos detestables!, sino que, en un instante, me di cuenta de que lo necesitaba. Se había encerrado dentro de mí, me había llevado a Estocolmo y se había convertido en un viaje agradable. 

A veces, cuando no era él, cuando no era él en absoluto, podía dejar mi caja atrás y devorarlo yo, pero eso solo pasaba a veces, y a veces, siempre es muy poco. 

Pese a todo esto, no dejaba de ser esa bestia. Esa bestia que me cebaba a base de melancólicos anhelos que nunca llegarían, esa bestia que nunca paraba de arrebatarme todo lo que me daba, esa bestia que destrozaba cada uno de mis intentos en creer que yo podría recuperar esa parte de él prácticamente inerte, esa parte atemporal, esa parte que un día fue capaz de quererme tanto como yo lo quería cuando me llevaba a Estocolmo.

4 de enero de 2013

Al final ha puesto cortinas.

Se paseaba todas las mañanas por mi ventana. La veía de una forma poco común y a veces me quedaba unos instantes traspuesta mirando fijamente. Debería poner cortinas, o cerrarlas yo. 

No sé cómo ha conseguido que esté en su puerta apunto de tocarla. Sabe que soy nueva y me mira de manera perversa, de arriba abajo y sin dejar de morderse el labio. Comienza a vestirse con esos atuendos que le veo a través de la ventana. Empiezo a contraerme. Estoy sentada en una silla en medio de vete tu a saber qué plan y no consigo desacelerar mi respiración. Se pone delante de mí con una pierna a cada lado de las mías cruzadas y se agacha hasta mi lóbulo izquierdo. Me muerde, suspiro y agarro la silla con fuerza. Dejo caer las manos y para cuando me doy cuenta las tengo atadas con alguna pieza de cuero. 

Me trata como quiere, me viste y me desviste a su antojo. Nunca me había visto en plan dominatrix. Llevo una peluca negra corta con flequillo y estoy frente al espejo. Me gusta lo que veo y a ella también. Me ha puesto un corpiño de cuero negro que con el mínimo movimiento me las deja al descubierto. Y después está el culotte y esta especie de faja que me hace una figura espectacular. Culmina mi vestimenta con unos tacones nivel plataforma negros de aguja y quince centímetros, más o menos como el amigo que le veo encima del comodín. 

No me ha desatado, y ahora parece que me quiere amordazar. Por dios, ¡decidle que estoy chorreando! Me vuelve a sentar en la silla en la misma postura inicial, me rompe todo lo que me ha puesto hasta acariciar lo más preciado que tengo y empieza a empujar. Primero uno y después dos. Lento y luego rápido, muy rápido. Está de rodillas frente a mí. Agacha la cabeza y empieza a pasear su lengua por cada una de las dobleces que se encuentra. Estoy desatada, no literalmente. Me quiero mover, me tiemblan las piernas. Necesito que me suelte y me tire al suelo. Que me desnude del todo y me muerda, y que me dé fuerte. 

Acabo por notar su último lenguetazo hasta en la nuca, cualquier día me matan estos escalofríos, y me dejo ir. 

Creo que caí en redondo en esa silla. Para cuando me desperté, estaba en mi cama, con un albornoz que no reconocía y un olor a sumisión impropio de mi carácter  Lo ha hecho. Y ahora ni siquiera sé dónde está ni como me ha dejado aquí. Solo sé que ha desaparecido, y ha puesto cortinas. 

25 de diciembre de 2012

Cuando me gire entre la gente serás tú. Sí, ya lo verás.

No encontraba otra salida, y me quedé quieta entre la multitud. Todo el mundo tenía prisa, y yo ni siquiera sabía a donde iba. Chocaban conmigo, había demasiado ajetreo y yo solo necesitaba estar sola. Qué buen sitio, soltó mi yo interior con ironía. Lo miré con tal cara de “me da exactamente igual lo que digas” que solo fue capaz de darme una palmadita en la espalda y decirme que todo iba a ir bien, pero siempre con su humor incompresible y sin saber si está hablando en serio o riéndose de mí. 

Me sentía fuera de lugar. Parecía que iba a caer en redondo al suelo, sin consultarles a los demás si les parecía bien. Pero algo me sostenía. Quizás un ende mágico. El lugar cada vez estaba más concurrido y yo me hacía más y más pequeña por momentos. Intenté de alguna forma salir de allí sin éxito. 

Estaba apunto de caer, pero no me apetecía que nadie me viera. Las bolsas pesaban demasiado, y mi cuerpo. Sobre todo mi cuerpo. Cerré los ojos por un instante y pude verme en una habitación a oscuras, sin nada alrededor más que mi entera soledad. Creo que he encontrado mi ninguna parte, no lo recordaba así. Para nada. Qué descuidada he sido. Soy un desastre, aunque no sea nada nuevo. 

En un segundo recobro el sentido común a golpe de grito infante. No sé ni cuantas veces habré dicho que no me gustan los niños. Busco al semejante bichejo con la miraba y veo su rodilla sangrante. Involuntariamente, por instinto supongo, me acerco. No veo a su madre alrededor, ni nada que se le parezca. Saco un paquete de pañuelos del bolsillo derecho del abrigo, me quito los guantes y me arrodillo delante del niño. Le pregunto si está bien, mientras mojo el pañuelo con una botella de agua que tenía entre mis bolsas. Asiente, y le informo de que quizás le escueza un poco. Apoyo mi pañuelo contra su rodilla y espero a que pare de sangrar. Miro al niño, y no sé que decirle. Mi instinto maternal es totalmente nulo. O inútil según se mire. 

Cuando esta ya es capaz de articular sin dificultad, lo levanto y le digo “anda vete con mami”. Me da las gracias, y un tierno beso en el cachete. Supongo que es tierno, o eso es lo que dicen. Lo veo salir corriendo y darle la mano a una mujer mientras me señala. Esta hace amago de darme las gracias también y saludo de forma cordial. 

Me levanto, cojo todas mis bolsas y busco las llaves del coche. Me largo. Me doy media vuelta y de repente estás ahí. Me giré y estabas ahí. Riéndote de mí como siempre. Crees que agachando la cabeza no veo esa picara sonrisa, pero bueno, vamos a fingir que no la he visto. Debería ir a saludarte. Un paso al frente y todo el centro comercial se ha apagado. ¿Qué pasa? Un foco de luz sobre ti hace que sea capaz de verte pero, ¿y todo lo demás? Eres tú, eres tú y tus ganas, susurra algo desde mi interior. 

No quiero echarme a correr, no, no por favor. Lo último que recuerdo es pestañear y estar frente a ti. ¿Y ahora qué? ¿Dos besos? Supongo que es la forma que tiene de saludarse los amigos.¿Besito a papi?” te oigo decir. Y sonrío, claro que sonrío. Asiento, como una tonta atónita. Y cuando iba a darte un beso casto en el cachete, te giraste, como siempre. Y empecé a crecer. Mi pequeña yo, se volvió una gran yo entre la gente. 

Lo sabía. Sabía que cuando me girara entre la gente ibas a ser tú. Sí, tenías que ser tú.

9 de diciembre de 2012

Estaba sentada bajo la lluvia. En el mismo banco de siempre.

Estoy congelada, necesito que vengas, que vengas de una vez por todas y me abraces, me recojas el pelo y sueltes un topicazo en plan “vámonos a casa”. Lo necesito, de verás que sí. 

A veces vengo aquí porque era nuestro, todo esto. Parecía nuestro. Pero hoy ha sido por pura inercia. No sabía a donde ir, no sabía qué hacer, sentía que iba a explotar, y quería salir corriendo. Y de repente me veo aquí, delante de este banco. Me siento y veo nuestros nombres con compás. Empiezo a temblar. Recorro con los dedos nuestras iniciales y dibujo un bonito corazón. 

Cierro los ojos por un instante y te noto tan cerca, casi puedo oler tu perfume. Inspiro. Noto tu mano subiendo por mi pierna, y tu nariz aproximándose a mi pelo. Te noto, de verdad. No quiero abrir los ojos. Inclino la cabeza y tu fría nariz empieza a deslizarse por mi moflete. ¡Ay, qué frío estás! Como siempre. Me giro y empiezo a notar que tus labios se deslizan cerca de los míos sin llegar a rozarlos. Siempre sabes lo que me gusta. Me muerdo el labio esperando lo inevitable, suspiro y de repente oigo un “¿está ocupado?” Abro los ojos rápidamente saliendo completamente de Oniria y veo a una mujer mayor cargada de bolsas. Asiento atónita e intento ayudarla pero mi cuerpo es incapaz de moverse, parece haberse petrificado. 

Pasan unos minutos hasta que recobro el aliento, que jamás debería haber perdido, y contesto a alguna de las inquisidoras preguntas de la señora. Va demasiado elegante. Si pudiera catalogarla en un estilo pictórico sería el barroco, seguro. Quizás elegante no es la palabra que andaba buscando, ostentosa. 

Oigo como felicita a otras personas de los alrededores sin saber por qué. Aún estoy conmocionada por ese momento tan irreal y espectacular que acabo de vivir. Estaba apunto de… y de repente llegó y me trajo de vuelta al mundo real. No quiero. Me niego. A veces no me explico como soy capaz de abstraerme tanto que ni siquiera oigo el ruido que hay a mi alrededor. 

Llevo mirando al suelo un rato, percibo de alguna manera, quizás mi sentido arácnido, que la señora se va a levantar y que la está esperando el coche negro de enfrente de la calle. Levanto la vista y le pregunto amablemente si necesita ayuda, con una voz demasiado aguda me responde que no, y me sonríe. Me da las gracias, y para cuando me ha felicitado, sin saber por qué, yo ya vuelvo a estar muy lejos de la realidad. 

Me vuelvo a quedar sumida en mis vaivenes, y apago la luz del exterior. ¿Por dónde íbamos? 

Inspiro. Me muerdo el labio, y vuelve a aparecer esa nariz fría rozando mi pómulo izquierdo. Me sonrojo. Me gusta que esté tan cerca, me gusta mucho. Me empieza a dar besitos castos en el cachete tan rápidos como sus labios le dejan. Me hace cosquillas. Qué tonto es, sabe que lo estoy esperando. Empuja con uno de sus dedos mis gafas, y creo oírle decir que parezco una abuelita todo el día con las gafas allá abajo. Me estremezco en el sitio. Me ruborizó aún más. Y mi nerviosismo empieza a ser perceptible a ojos de cualquiera. 

Vamos, hazlo ya.

De repente empiezo a oír un tintineo pero intento que no me saqué de mi mundo. Es imposible. Me noto pesada y ¿empapada? Abro los ojos, y está lloviendo, casi diluviando. No sé cuanto tiempo llevo sentada aquí. Las luces están encendidas, y no veo a demasiada gente en la calle. No me quiero ir. Quiero acabar mi historia. Este no puede ser el final. 

Intento evadirme otra vez por completo pero resulta imposible, tiemblo demasiado. Mi abrigo está empapado. Me levanto e intento meterme en el recinto más cercano. Como no parece haber ninguno abierto, me resguardo con los salientes del techo de un edificio. Busco el portal para sentarme hasta que la tormenta amaine y pueda irme a casa. Llevo demasiado tiempo haciendo la tonta. 

Encuentro la entrada del portal casi sin esfuerzo, y me siento a la entrada. Intento entrar en calor frotándome las manos, pero creo que incluso los guantes se han mojado. Estoy calada hasta los huesos. 

Sin ser consciente de ello el cansancio comienza a ser el portavoz y los parpados hacen lo que éste le ordena. He entrado en calor sin saber como y me encuentro bastante cómoda. No sé si estoy soñando. Pierdo la noción del tiempo. Estoy dormida en un portal cualquiera y no me importa. 

Noto un hormigueo en mi cara, no sé como llamarlo, es reconfortante, me gusta. No quiero abrir los ojos por miedo a que se acabe. Quizás esté soñando otra vez. Empiezo a pestañear y lo veo. Salto interiormente, creo que exteriormente también, y me despierta con un “¿qué haces aquí sola?”. No sé qué decir. ¿De dónde ha salido? ¿Dónde estaba? No lo había visto hace demasiado tiempo. Intento contestar, pero es inútil. Hoy mis cuerdas vocales están de huelga. Pongo expresión de incredulidad y me ayuda a levantarme. No sé a donde vamos, aunque tampoco me importa. 

Y volvemos a estar aquí. En el mismo banco de siempre. La lluvia ha cesado. No consigo decir nada. Se acerca a mí, y noto la punta de su nariz helada en mi cachete, creo que he empezado a temblar, posa su mano sobre mi muslo y con voz entrecortada creo oírle decir “te echaba de menos”, aunque no estoy segura. Se desliza hasta mis labios, por fin, y me besa. No puedo evitar responderle más que con otro beso. 

Coloca sus dos manos en mi cara y empieza a apretarla contra la suya, estamos muy cerca, más de lo que podía haber vuelto soñar nunca. Sonríe. Sonríe mientras me besa. Y le devuelvo la sonrisa. 

Se aleja por un momento, lo suficiente como para poder mirarlo de frente. Tiene los ojos rayados, o yo estoy delirando de la emoción. Paso mis manos por sus ojos y sin dejar de agarrar mi cara, hace que le mire y me dice “Feliz Navidad”.

25 de noviembre de 2012

Relatos sin título previo. (Parte II)

Voy a decorar este lúgubre lugar. Sé que nadie lo verá, pero me sienta bien. Quizás estas paredes empiecen a desvanecerse de alguna manera. Me acerco a una caja gigante que ha salido de ninguna parte y empiezo a sacar ¡adornos de navidad!

Qué raro, las luces están enredadas. Son redondas de colores tenues. Las cuelgo alrededor de la pared, sosteniéndolas con los bloques más sueltos. ¡Qué bonitas! Por alguna extraña razón están encendidas sin haberlas enchufado yo, tampoco voy a molestarme en saber el por qué bastante hago con mantener la cordura en este sitio de locos.

Cojo la caja, y la llevo a la zona más iluminada. No pesa, no pesa nada. ¡PERO SI ESTÁ LLENA DE COSAS! ¡VÉIS QUE ESTO ES UN SITIO DE LOCOS! Saco un árbol de Navidad. No un arbolito de plástico de metro cincuenta, no, un abeto enorme por el que se podría trepar… Ya viene perfectamente adornado, como si hubieran cogido un recorte de una revista de decoración y lo hubieran hecho realidad. Incluso la estrella ya está. Jope, si es lo más que me gusta colocar.

Cojo los dos calcetines de Papá Noel que contiene la caja (¿DOS?), y miro dónde los puedo colocar. Ni un solo cuelgafácil en esta enorme mansión de miedos. Trazo con los dedos un cuelgafácil dónde me gustaría colgar los calcetines, me doy la vuelta para ver que más queda en la caja y ¡ZAS! están ahí. Colgados perfectos, listos para ser usados. Sonrío con incredulidad, aunque realmente no sé de qué me sorprendo, y coloco los calcetines.

Quedan unos paquetes de regalo falsos para colocar al pie del árbol, y una nota. La leo y pone: “Para salir, solo tienes que volver a entrar.” Vaya, ya estamos con los acertijos. Llevo mil días encerrada aquí, quizás no tantos, y lo único que se le ocurre a quien quiera que sea es ponerme una nota indescifrable. Me siento en la silla, en la primera silla que apareció de la nada en este lugar y releo la nota.

De pronto, una melodía familiar empieza a sonar. Después de todo este tiempo, oigo unas notas acompasadas que hacen que me levante y me suba encima de la silla para intentar oír mejor.

“Dos espejos frente a frente crearan, cien mil caras que observar, puede que alguno de ellos sea el real, lo tendré que investigar…” ¡Es Universos Infinitos de Love of Lesbian, la reconozco! ¡Claro que la reconozco!
No creo que esté de casualidad. Tiene que ser por algo. Vuelvo a coger la nota, le echo un vistazo y mientras sigo escuchando la letra. Salto de la silla y corro hacia la pared, la pared gigante e “indestructible”. Empiezo a quitar las piezas sueltas, esas que disimulé con las luces de Navidad. Todo parecía más bonito decorado. Pero es mentira, todo, todo es una gran mentira. No por tapar la realidad va a desaparecer. Sacó bruscamente una de las piezas y veo que con ella caen muchísimas más.

Examino detenidamente el trozo que tengo en la mano y con letras mayúsculas pone MIEDOS. ¡Eso es! Mis miedos… TODO, absolutamente todo esto lo han formado ellos. Lo he creado yo. Soy la princesa del reino de los miedos, síganme a la derecha podrán ver… ¡PARA! Sabes que esto solo lo puedes arreglar tú. Estoy cansada de tu estúpida dependencia. Sé valiente de una vez por todas. Acaba ya. Hazles desvanecerse de una vez. Se han hecho débiles en el momento en el que te has dado cuenta que no por taparlos van a desaparecer, se han hecho débiles en el momento en el que han sabido que eres más inteligente que ellos. Demuéstraselo.

“Para salir, solo tienes que volver a entrar.”

¡Dales la vuelta! ¡Dales la vuelta de una maldita vez! ¡Haz que actúen en tu beneficio! ¡Haz que estos mil días acaben de una vez por todas!

Y de repente lo vi claro solo tenía que cerrar los ojos y… ¡Regresé! ¡Regresé al principio! Al borde del abismo, con las mismas dos cuerdas que me sujetaban haciendo amago de desaparecer, pero esta vez fui más rápida que ellas, las corté y mientras caía me construí las alas para salir. Y nunca llegué a tocar ese fondo infernal, plagado de minutos que parecen horas, de horas que parecen días, y de mil días que parecen una noche eterna.

Relatos sin título previo. (Parte I)

Estoy al borde, al borde de este abismo. Miro hacia abajo y no consigo ver absolutamente nada. Me sostienen dos cuerdas finísimas, como si de un títere se tratara. Y de repente, y sin previo aviso, las cuerdas desaparecen y me precipito sobre el más oscuro vacío.

¿Hola? ¿Hay alguien? Un eco estruendoso invade el lugar. No sé cuánto he caído, pero estoy en el fondo, en el fondo de ninguna parte. Enciendo una cerilla, que ni siquiera sé de dónde ha salido y empiezo a caminar. La luz solo es capaz de iluminarme a mi. Intento buscar un halo de tecnología en este sitio, y nada. Estoy apunto de quemarme. ¡Mierda! Mira que lo dije. Se apaga la cerilla y vuelvo a quedarme a oscuras. Parece que mi vista se está acostumbrando a esto. Más cerillas emanan en mi bolsillo, sin saber por qué. Enciendo otra. Sigo investigando este lúgubre lugar y ¡PUM! me choco contra una pared negra. Una pared ovalada. Estiro la mano que me queda libre y empiezo a buscar el fin de la dichosa pared. Llevo minutos buscándolo, creo que estoy dando vueltas en círculo. ¡Es un círculo! ¡Es un círculo enorme!
De repente un foco enorme se enciende en medio del lugar, hay una silla en medio. Sé que es el centro por el reflejo que provoca el estúpido foco de luz blanca procedente de ninguna parte. Voy hacia la silla, y me siento. Las cerillas han desaparecido. Parece que este maldito lugar intenta ayudarme de alguna forma extraña e incomprensible.
¡Ya sé donde estoy! Tanto tiempo aquí y no me había dado cuenta, estas paredes, o pared gigante oscura, esas cerillas “mágicas”, y toda esa falta de tecnología.. BUH.

Me desgarro en llanto atroz y no puedo contener mi cara de horror. Veo como la pared aparentemente perfecta empieza a formar bloques, bloques de todos los tamaños, pequeños, grandes, irregulares... ¡Vais a volverme loca! Chillo, y sé que no tengo fuerzas para salir de aquí, porque en algún momento hubo alguien que me sujeto, y no dejó que cayera.

He decidido que me voy a quedar aquí abajo durante un largo tiempo. Tendré que acomodarme entonces.

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Me estoy volviendo loca. No puedo más. Llevo mil días, quizás no tantos, aquí sola. No he tenido ni la más mínima noticia del exterior, y cada vez que miro a mi alrededor parece que estas paredes no van a desaparecer nunca, siguen creciendo sin medida. ¡PARAD! ¡PARAD HE DICHO!

Parece que por cada piecita que se coloca, a modo de tetris, yo me debilito más y más. Sé acabo. Esto es culpa mía. Esto lo he creado yo, y tengo que ser capaz de destruirlo. No sé cómo, ni cuánto tardaré, lo único que sé es que lo haré.

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3 de marzo de 2012

Coge un cigarrillo que yo invito.

Esa misma noche nos fuimos de copas. Bebimos, nos emborrachamos, y me llevó a su apartamento. No seguía viviendo con sus padres como recordaba. Sé lío con unos cuantos antes de llegar a casa.
Quédate esta noche conmigo. No quiero estar sola. Y así lo hice. Cogí un taxi, fui a buscar un par de cosas y en menos de 20 minutos había regresado. Abrí la puerta con sus llaves y la vi tirada en el sofá viendo la teletienda, con cajas y cajas de cigarrillos encima de la mesa, y una copa en la mano. 
Ven, siéntate aquí conmigo. Sé que necesitaba hablar, y esta noche toca escuchar. Coge un cigarrillo, yo invito.
Y entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Tienes el dinero? Continúo con la mirada en la tele. Cuando daba por perdida su respuesta, me dijo, No tengo ni puta idea. No lo quiero tener. Me arruinará la vida. Mira como vivo. No tengo dinero y este piso fue un regalo para vivir cerca de la universidad. Universidad a la que no voy, y ahora mismo daría lo que fuera por seguir a tu lado estudiando. Te dije que siguieras conmigo.
El ambiente era muy frío. Como la típica película en la que se ve un sofá y dos chicas sentadas mirando a la tele. Pero bueno, eso no importa. 
Yo te puedo prestar el dinero. No, ya lo conseguiré. Además que ya tengo casi todo el dinero. ¿Cómo, si no trabajas? Cogió otro cigarro. Lo encendió. Las pausas eran muy frías. ¿Te acuerdas cuando me viste aquella vez con tantos hombres? Pensé que no me habías visto. ¡Claro que te vi! Y sentí vergüenza. Trabajo por 100€, cada uno. 
¡No! No podía ser verdad lo que me estaba contando. ¿Por qué? ¿Por qué lo hace? 
Necesitaba dinero. ¿Cómo crees que pago las facturas y el coche? ¿Y tantos cigarros?  
Y no supe que decirle. Y no hablamos más hasta la mañana siguiente. Sin dormir. Solo estando cerca. 

1 de marzo de 2012

Es una historia que me inventé y no sé por qué.

La vi de lejos, con el pelo al viento y un paquete de tabaco en la mano derecha. Sacó su mechero y se puso un cigarro en la boca. Tiró el paquete al suelo. La brisa no dejaba que el cigarrillo prendiera pero al final lo consiguió. Mientras fumaba, y parecía relajada, miraba al cielo y dejaba que el aire azotará su cara. No sabía que estaba pensando. Su mirada era confusa. Y cuando estaba apunto de darme media vuelta e irme, la oí llorar. Un grito desgarrador de pena. Me daba miedo dejarla sola así. Y sacaba otro cigarro, lo encendí temblando y fumaba. Y no paraba de fumar. Y yo quería que lo dejase ya. Y no sabía si quería estar sola o necesitaba un abrazo. Y me decante por lo segundo. Paró de llorar en cuanto me vio.
¿Qué haces aquí? Y no supe que decir. Y me agache, me senté al lado de ella, y le pedí que me invitará. Yo te pago una caja. No hace falta. Cogí la caja y saqué un cigarro. Le pedí fuego, lo encendí y empezamos a fumar. 
¿Y que haces aquí, después de tanto tiempo? ¿Sigues estudiando? Sí, claro. Apunto de acabar estoy. ¿Y tu qué? ¿Cómo te va todo? Desde que dejaste el instituto no he sabido nada más de ti. Pues ya me ves. Queriendo dar marcha atrás. Queriendo huir de la primera fiesta en la que bebí. Tengo problemas. Y me persiguen. Me persiguen ellos. ¿Ellos quienes? Ellos, todos. Están en contra de mi. No te entiendo. 
Sí, si que la entendía, pero no quería hacerlo. Sabía que desde que dejará de estudiar iban a empezar a perseguirla. Su pasado. Y la ultima vez la vi en la esquina del bar, con cuatro vasos de cubata vacíos, y uno en la mano. Y hablando con cientos de hombres. Sí, hombres, y no chicos. 
No entendía porque estaba rodeadas de hombres de cuarenta y tantos. Y las copas iban y venían. Y se emborrachaba. Y ninguna pagaba. 
Dame otro cigarro. Si tu no fumabas. Y no lo hago, hay veces que simplemente hay que entenderos. Coge mi bolso, están los demás. 
No quería que viera las otras cajas. No habían otras cajas. Había un predictor rosa. 
¿Y esto? No lo sé. Y eso es lo que me pasa que no sé. 
Y de repente comenzó a llorar. A llorar de una forma incontrolable. Y a hablarme entre llanto. 
No sé de quien es, ¿vale? Y no me importa, no lo voy a tener. Soy demasiado joven. No lo quiero. Y es de una noche loca. Intentaba ponerme en su piel. Pero no podía. Era demasiado fuerte. Chillé su nombre al viento, y le dije, que se lo había advertido, que siguiera conmigo estudiando, que termináramos la carrera juntas, que no siguiera bebiendo y fumando que iba a tener problemas. Y paré. La miré y la abracé. Porque sabía que no era el momento de reproches. Hoy no, y menos en ese lugar.

6 de noviembre de 2011

Adiós Mónica. Parte IX.

Era eso. Eso es lo que le hacía falta decirle. Porque ya no te quiero. Al acabar de pronunciar la frase, se hizo un silencio. De esos que no sabes cuánto va a durar, ni siquiera sabes si va a acabar. Se desplomo en el asiento, la rabia no la dejaba reaccionar. Mientras el recogía las pocas cosas que había llevado y se marchaba por la puerta de la cafetería. “Adiós Mónica”.
Y justo unos minutos después ya le estaba llamando. Para preguntarle porque se había ido, porque la dejo así, nunca lo había hecho. “Te repito que ya eres una más.” Y colgó la llamada, y fue a la agenda y borro su número, de una vez por todas. Ya no le hacía falta. Acto seguido llamo a su enana. Y le conto todo lo que había pasado. “Déjame verte.” Es lo único que supo responderle. Poco después estaban, donde el cumple y los domingos astrománticos. Se acerco, y lo abrazo, como nunca antes lo había abrazado. Y de su desgarrada voz solo salían pequeñas frases, “gracias, por no haber dado marcha atrás, por seguir aquí a mi lado, gracias por todo esto…” Dejo de hablar. Las palabras a veces sobran, y muchas se las lleva el viento. Nunca los vi tan unidos, como ahora. Parece que a veces deben haber tormentas para saber cuando realmente sale el sol. Quizás solo se trate de uno de tantos momentos que les quedan por vivir. Habrá mejores momentos, y peores, pero estaban dispuestos a superarlos. Dejadme deciros que no acabo ahí. Esto es de lo que no se debería contar…
“¿Me perdonas? ¿Por qué? Por no haber sido claro desde el principio con ella, y decirle que te tengo a ti. No importa. ¿De verdad? En serio. La que te tiene aquí y ahora soy yo.”

Adiós Mónica. Parte VIII.

Discutieron de una forma atroz, y de lo más violenta. Le explico que ya no volvería a mirar atrás, que no volvería a mirar por ella. Que ha conocido a alguien, que aparentemente le llena. Que lo abraza en las noches frías, y lo arropa con su cuerpo a modo de manta. Y lo besa. Y la siente. Y le gusta. “Y no se parece a ti, que ya no sé en qué clase de persona te has convertido. Eres de lo más monótona, has cambiado tanto que no creo que te reconozcas ni tú misma frente al espejo. Que me lo has hecho pasar mal, muy mal, pero ¿sabes qué? Que no te guardo rencor. Pero ten por seguro que ya no volveré a por ti. Te espere durante mucho tiempo, y aunque no lo creas lloré y soñé con esos abrazos que nunca me diste, con esos besos en los que siempre era yo el que te los robaba, soñé con cada parte de tu ser, con tu manera de sonreír, y con ese humor casi inexistente que tienes. Soñé una y otra vez con que te dejarás de una vez querer por mí. Con que volvieras. Con que fuera yo lo que buscabas, y que en otros no encontrabas. Pero se acabó. Porque hace meses que todo esto se esfumo. Hace meses que ya no siento nada al mirarte. Ya no tienes tu algo que me hace quedar hipnotizado. Ya no tienes esa gracia, ni esa chispa que me hacia prendarme de tu ser. Para mí ya eres una más. Una muchacha más, que al pasar por mí siento indiferencia. ¡Porque ya no te quiero!”

Adiós Mónica. Parte VII.

No sé cómo consiguió mi número, pero lo hizo y me cito. Sabía que la conocía desde tiempos inmemoriales. Me resolvió todas las dudas que ella tenía. Y comprendí de una vez por todas por qué ella se sentía así. Pero, no tenía ni la más mínima razón, pues él no quería nada con la otra desde hace meses. ¿Cómo? Sí su magia ya no le hace efecto, desde que apareció una enana en su vida. Su enana. Y no hay día en que no se acuerde de ella.
La otra es su pasado, su bonito pasado, o no, no lo sé. No quise entrar en detalles, tampoco lo conozco para eso. Pero me dijo que ahora la única que le importaba era ella, es su presente.
“Me gustan, sus locuras, su manera de mirarme y sonreírme, me gusta cuando me pone nervioso, y no controla esos impulsos que la llevan a besarme de tal manera que me deja sin saber qué hacer.
Y no entiendo cómo se pregunta si soy capaz de cambiarla, creo que la respuesta es evidente.”
Más que evidente. Notaba una sinceridad plena en sus palabras. Pero quedo con la otra, una vez más para aclararle que ya no podía haber nada entre ellos. ¡Qué se acabo! ¡Qué él ya no te espera más! Lo único que me pidió, discreción, no quería que se ella se enterase. Le dije que no diría nada. Y así lo hice. 

Adiós Mónica. Parte VI.

Ha quedado con él. Donde siempre. Donde el helado de cumpleaños. Una cómica historia esa. Él día después del cumpleaños de este chico, ella le compro una tarrina de helado, unas velas y unos globos. Pero no las típicas velas de los numeritos, no, sí no de esas que tienes que soplar una barbaridad para que se apaguen, de las finitas, que vienen cientos en un paquete. Lo preparo todo en unas escaleras por fuera de su casa. Lo llamo y cuando salió, cumpleaños feliz, cumpleaños feliz… ya os sabéis el resto. Pues, quedaron en ese lugar. El domingo al atardecer.
Hoy es domingo. Fue completamente desarreglada y mientras se acercaba al lugar, los ojos se le rayaban cada vez más, y su ser se estremecía. Lo vio de lejos, caminado hacia ella. Aceleró su paso y se abrazo a él, y empezó a llorar, pensando que era la última vez que lo iba a abrazar. No entendía por qué lloraba. Él no había hecho nada. Le seco las lágrimas, y la llevo hasta las escaleras. Para su sorpresa, esas escaleras grises, y sucias, estaban llenas de pétalos, y había velas por doquier. Cayó al suelo, dejándose deslizar entre sus piernas y acabando sentada de una forma un tanto peculiar. Se puso las manos en la cara, intentado secar las miles de lágrimas que caían de esos ojitos achinados marrones que tiene. “¿Te gusta?” No le gustaba le encanta. Se sentó en el suelo con ella. Le paso el brazo por encima, despejo su cara, y la beso. Sin decir ninguna palabra, no hacía falta.
Pasaron varios minutos hasta que supo cómo reaccionar. Gracias. Hay veces que resulta de lo más seca, pero no era este el caso. Ese gracias, contenía más de mil sensaciones. De repente su llanto pasó de ser de tristeza a convertirse en felicidad. Ya no quería preguntarle nada sobre la otra, no importaba. ¿Me escuchas? ¡No importas! Y no era el momento, se transformo todo en uno de esos que no serias capaz de olvidar. Anocheció, y salió la luna. Una de esas lunas llenas en las que él está presente. Y se convirtió en un domingo astromántico.
Cosas como esa  hacen que sus miedos se esfumen, y se dé cuenta de que no la cambiaría, ni por ella, ni por nadie. 

5 de noviembre de 2011

Adiós Mónica. Parte V.

Me encanto hablar con ella, no saque nada en claro de porque hacia un par de semanas que no hablábamos, pero me encanto que me lo contará todo. Parece que vuelve a confiar en mí, aunque sí alguna vez lo dejo de hacer, no sé qué motivos tendría.
Creo que eso fue todo lo que hablamos, y si no todo, la mayor parte. Fue una buena tarde sin duda.
Esta mañana me ha llamado. Llorando. Se me estremeció el alma al oír sus llantos. Odio verla llorar. Y que lloré de esa forma conlleva a que este triste, y que haya pasado algo de tal calibre que no pueda controlar. Estuvimos hablando un buen rato. Apareció su ex, la ex de él, “reclamando lo que es suyo”. Y no para de llamarlo, ni de enviarle mensajes, lo acribilla a indirectas, habla mal de ella sin razón, y ella tiene miedo, mucho miedo. ¿Y si se lo lleva? ¿Y si la cambia por ella? ¿Y si la olvida por qué ya la otra está de vuelta? Me da miedo, sí, a mi me da mucho miedo esta situación. No quiero que vuelva a encerrarse en sí misma como hace meses. Le he dicho que hable con él, creo que es lo mejor. Pero cree que ya ha sucedido. Que ya se han besado, que se ha deslizado por todo su ser…
A veces pienso que se precipita en sus veredictos. Que no razona lo suficiente. ¡Pregúntale! Antes de empezar a llorar. Dile que si te cambiaría por otra, por ella. Él le cuenta cuando queda con ella. No es que le importe, bueno, sí, sí que le importa, a la vista está. Ella no es una amiga más. No, no lo es. Alguien a quien le has dado todo, no es una amiga. Y le duele, y se calla.
“Y sé que a veces piensa que, que está haciendo conmigo, que soy una enana.” No puede volver a ser lo que era. No quiero. No se lo permito. ¿Otra vez esa chica depresiva? No. Me colgó. Así, en pleno llanto. Quizás necesite reflexionar. 

2 de noviembre de 2011

Adiós Mónica. Parte IV.

Ni por un solo segundo se le escapo su nombre. No tengo ni la más remota idea de cómo se llama. Pero eso no importa, ni lo más mínimo. Me conto como paso todo. Y porque era uno de esos “amores mal vistos”. Es mayor que ella. La gente no lo entiende. Nadie llega a entender como él es capaz de sentir algo por ella.
Creo que nunca entenderé lo de la diferencia de edad. Sí la hace feliz, ¿qué más da? Si se gustan, si sus cuerpos al sentirse se hacen uno. Si cada día que pasa a su lado es mejor. Sí la entiende, si la escucha, si la abraza, si la busca, si se preocupa y todo por ella. ¿Qué más da?
También se que tiene miedo. “Tengo miedo de que venga otra y me lo arrebate. Que se encapriche de él y todo lo que quiera sea quitármelo. Y me asaltan miles de dudas. Todos tenemos un pasado. Creo que esto lo hace mi subconsciente, únicamente para fastidiarme. Pero después lo miro y todo cambia. Me rompe completamente con sus ‘me gustas’ inesperados y sus besos robados. Vale, lo reconozco, me encanta.”
Él era quien la acompañaba, cuando se sentía sola. Quien la abrazaba y quien la besaba sin medida. Sé daba cuenta de cuan especial era para ella, cuando físicamente y espiritualmente estaba sola. Y solo tenía que cerrar los ojos, y verlo a su lado. Y notar su calor.
Hace unos meses era una persona completamente diferente, quizás era una mala etapa. Excluyendo a la familia, sentía que verdaderamente nadie la quería, que a nadie le importaba. Supongo que no le gustará que cuente esto pero, se pasaba los días llorando, encerrada en su habitación, sin decir nada. Queriendo gritarle al mundo, y preguntarle todo lo indiscutible.
Tuvo una de esas etapas, en que no conoces a nadie nuevo, no sales, te rechazan por tus preferencias, te excluyen sin más, y no sientes apoyo. No hacía más que estudiar, y crecer. Hacerse mayor de repente.
La recordaba riendo a carcajadas, por cualquier cosa. En esa época le intimidaba todo lo externo a ella. Hasta que un día sin más. Se acabo. Se acabo todo eso. Y volvió a sonreír, y sus días ya no eran grises, y salía el sol. Y un día de lluvia, era porque “algo” quería hacerla sentir como Gene Kelly.
Se volvió de un positivo irritante. De un todo pasa por algo. La conozco hace tanto, tanto tiempo que he vivido todos sus estados de ánimo. Sus alegrías, sus penas, sus rabietas, sus enfados… TODO. Y nunca me arrepentiré de haberlo vivido con tanta intensidad.
Sé que en cuanto a relaciones, ninguna le ha salido bien. No llegan ni a considerarse eso. Por eso creo que valora tanto a este chico, del que tanto habla. Porque en dos palabras la hace volar. 

1 de noviembre de 2011

Adiós Mónica. Parte III.

No dejaba de mirar su teléfono, como una niña desinquieta. No parecía que quisiese irse de allí, pues cuando me vio me abrazo de tal forma que me quede anonadada, y solo supe devolverle el abrazo. Le pregunte porque lo hacía, me dijo que solo miraba la hora, una de sus manías. Deberías llamarlo. Le dije con una total indiscreción. Me contesto que no era eso, simplemente que lo echaba de menos. ¡Lo sabía! Sabía que no era la hora. Él también está pensando en ti. Aunque no lo creas, él también está mirando el móvil para ver si lo extrañas y le das una perdida, o un simple mensaje. Me miro, cogió su teléfono y se puso a escribir. Al acabar me dijo “Gracias, era lo que me hacía falta.” Siempre esperaba a que fuera él. No quería resultarle pesada. Me enseño el mensaje, muy corto pero si se manda a la persona adecuada conmovedor. “Te echo de menos.” Fin. Eso era todo. Pero más que suficiente. Guardo su móvil, y me siguió contando.
Me emociona tanto. Esa euforia, tan equivalente a su ternura al decir las cosas. No deja de sorprenderme. Nunca ha dejado de hacerlo. Me enternece simplemente cuando me decía cosas como “Todo es diferente con él. En serio, verdaderamente me hace sentir como si fuera la única que le importa. Aunque en realidad no creo que sea así, pero me encanta pensarlo.” Sabe que es la única. Se engaña creyendo que no. Es muy sensible. Aunque a veces parezca todo lo contrario, y disimule, le encantan las ñoñadas como a la que más. Se nota que le gusta cuando él esta cursi. Porque la embriaga entre palabras. Le gusta cuando se cuela entre sus sábanas, cuando la abraza, y la engaña robándole un beso. Le gusta cuando le sonríe, y le repite que le gusta, le gusta ella, con sus más y su menos, con sus miles de defectos, entrañables defectos, con sus fobias raras, y sus miedos descomunales por cosas sin sentido, le gusta cuando lo hace sentir en una nube y que nada más importa, cuando pasa horas y horas con ella, y parece que el tiempo vuela.

30 de octubre de 2011

Adiós Mónica. Parte II.

La llamé. Y cuando me cogió el teléfono fue de las mejores sensaciones que he tenido. Oír su voz. Su dulce voz. Es extraño, eso de la voz. Cuando las cosas le están yendo bien tiene una voz tierna y entrañable, pero cuando su enfado es constante o simplemente tuvo un mal día, esa voz se convierte en algo tosco y grotesco. ¡Y después piensa que no la conozco! Pero también me resulto extraño. Esa amabilidad después de semanas. Me trato con todo el cariño que podáis imaginar. Creo que intenta evitar preguntas. Sí, esas de por qué tantas semanas sin hablarnos. La esperaba más seria. Más contenida. No importa, sabe que tenemos que hablar. En el fondo lo sabe. Evitaba continuamente en la conversación las palabras quedar, vernos y todo lo relacionado. Pero lo conseguí. Quedamos. Para un futuro inmediato. Muy inmediato. La noto más centrada. Quizás sea demasiado pronto para sacar conclusiones, pero suena mucho más centrada.

La vi ayer. Por fin. Por fin hablamos todo lo que teníamos que hablar.  Nos contamos todo lo que nos teníamos que contar. Me hablo de ella y de sus cambios. De sus días, de sus noches, de él. Me lo menciono mucho. Tanto que no se si estaba hablando con  ella, o directamente con él.

Me gusto la manera en que me relataba sus noches. “Suelo pasar las noches sola, noches frías, arropada con mantas que no abrigan, noches en las que solo pienso en dibujarlo entre mis sábanas, y que él entrelace sus manos en mi cintura, y mientras tanto rozar con las yemas de mis dedos su espalda.
Me encanta cuando lo tengo al lado, y se despierta en mitad de la noche para darme un beso, y sonrió. Y se aferra a mi ser en medio de la oscuridad, y no me suelta. Y me protege, y me encanta.”
Impresionante, era impresionante. La sinceridad con la que decía cada una de sus palabras. Era cierto. La tiene prendada, como hipnotizada. Y la miro, y sonrío. Y me sonríe, no porque me entienda, si no porque ya no hace otra cosa. No pretendía tampoco que lo hiciese, aunque en verdad creo que sabe todo lo que pienso, y con cada gesto todo lo que opino. 

24 de octubre de 2011

Adiós Mónica. Parte I.


Lo último que supe de ella es que se enamoro. De uno de esos amores imposibles. De esos prohibidos. De los que no están bien vistos. Lo veía cada semana. Y ya era incontrolable no ponerle esos ojitos encantadores. Era incontrolable centrarse. Estaba tan cerca pero tan lejos. ¿Cómo llamar su atención? Si ni siquiera pensaba que nada fuera a trascender. “Esto no llegará más allá.”- Se repetía constantemente. Y mientras sus ilusiones se desvanecían, seguía algo ahí dentro que decía ¡INTENTALO! Lo intentaba dejar pasar, pero eran más fuertes que ella, sí sus sentimientos. No podía parar de sonreír al verlo. Creía que él no lo notaba. Se equivocaba. Pero nunca le hizo un gesto más allá de lo habitual, era de esos que se disculpaba al tocarle la mano. Un poco atípico. Pero a ella le encantaba. No sabéis de qué forma. Como cuando sientes ese absurdo cosquilleo en el estomago al verlo. Ella sabía de qué iba eso. Le gustaba. Le gustaba todo lo relacionado con esos absurdos sentimientos y sus consecuencias. Nunca llegaré a entender como fue capaz de atreverse. Hasta tal punto de conseguirlo. Ella es de las que sonríe sin cesar, de las que atrae con su conversación y sus ideales. No se consideraba guapa, pero si inteligente. Tiene sus días malos, sus días buenos, como todos, pero esa picaresca chispa de sarcasmo la hace irresistible. Hay días que no la soporto, días en los que quiere creer que el mundo se le viene encima. Días en que solo piensa en ella. Odio cuando usa su tosca ironía para defenderse de esos mini ataques que le lanzo. Cree que no la conozco, y se equivoca. Cree que no confío en sus posibilidades, y se equivoca. Aunque tal vez no lo sepa, siempre he confiado en ella. Siempre he sabido que piensa en cada momento, y que va a hacer a cada paso que da. No necesariamente necesito que me busque. No me importa si se olvida de mí, o si solo pretende buscarme en malas etapas. En verdad, mi prioridad es ella. Y su felicidad. Creo que ahora lo es bastante. Por fin lo ha conseguido, aunque ni siquiera me ha llamado para darme las gracias. Últimamente anda de un lado para otro revoloteando entre la gente. No consigo tener una de nuestras conversaciones. Sí, ya sabéis a que me refiero. De esas conversaciones, largas y amenas, en las que nos contamos todo lo que está pasando. Creo que debería llamarla yo, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma, y creo que esta vez será así.

Hay veces que la veo pasar a mi lado, y no gira su cabeza para saludarme. No la entiendo. Yo siempre he estado ahí. ¡Soy la de siempre! Yo no he cambiado. Tal vez, este creciendo muy rápido. Tal vez ella me ha dejado atrás. No quiero creerlo. Me creía una pieza fundamental en su vida. Parece que van cambiando sus prioridades. Pero sé, y estoy completamente segura de que se dará cuenta. Se dará cuenta, de que soy yo la que he estado, estoy y estará siempre.